Chapters (59)
- IMPRIMIR
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- INTRODUCCIÓN
- ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
- IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
- 1.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- IXLOCURA ERÓTICA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
- 2.
- 3.
- FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN
8.
Pero si fue difícil hallar, y más aún conservar el oro, siempre se soñó con la existencia de un atajo. Ese fue el sueño del alquimista. Y si los alquimistas no produjeron oro para quienes los patrocinaban, con cierta frecuencia lo obtuvieron para sí mismos, gracias a la inagotable veta de la estupidez humana.
Hace algunos años vino a mis manos una antigua guía austríaca. Su autor fue J. B. Küchelbecher; y su impresionante título, Allerneueste Nachricht vom Römisch-Kayserl. Hofe, nebs einer ausführlichen Historischen Beschreibung der Kayserlichen Residenz-Stadt Wien (Las últimas noticias de la Corte Imperial Romana, con una detallada descripción histórica de Viena, la Ciudad de Residencia Imperial). La “Corte Imperial Romana” era la corte de los Habsburgo, amos del Sacro Imperio Romano. El libro, publicado en 1730, incluye un capítulo consagrado al Tesoro Imperial de Viena, y en él se enumeran casi todas las piezas que dicho tesoro contenía. Entre ellas se hallaba un trozo de oro valuado en trescientos ducados que cierto alquimista, J. K. Richthausen, había producido a partir del plomo. Había realizado la hazaña en presencia de Su Majestad Real e Imperial, Fernando III, como lo demuestra la inscripción sobre la pepita más grande (Exhibitum Pragae d. 15. Jan 1658. in praesentia Sacrae Caes. Maj. Ferdinand III). Otra pieza de la misma sección era un gran medallón redondo, con los retratos en relieve de cuarenta y un miembros de la casa de Habsburgo. El medallón y la cadena habían sido de plata, pero un alquimista checo, Wenzel Seyler, los había “trasmutado parcialmente” en oro.
Sabemos algo de la carrera de ambos alquimistas. Richthausen recibió de Fernando III el título de barón. Leopoldo I ennobleció a Seyler y ordenó acuñar medallas especiales con su “oro artificial”, y sobre ellas se grabó la siguiente inscripción: Aus Wenzel Seylers Pulvers Macht bin ich von Zinn zu Gold gemacht (Por el poder del polvo de Wenzel Seyler, de plomo que era me convertí en oro).
En muchas otras colecciones había oro producido por alquimistas. Aquí, medallas envueltas en terciopelo proclamaban orgullosamente la historia de las transmutaciones mágicas, allí, una copa de oro atestiguaba que había sido nada más que hierro antes de que, el arte misterioso de los alquimistas la transformara en el precioso metal. Küchelbecher vio un clavo en la colección del Gran Duque de Toscana; era mitad hierro, mitad oro. Los objetos de “plata artificial” constituían hazañas más modestas; entre ellos se hallaban los llamados táleros Kronemann, “manufacturados” por el barón Kronemann, alquimista de la corte de Cristián Ernesto, elector de Brandeburgo. El “material original” era plomo y mercurio.