Chapters (59)
- IMPRIMIR
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- INTRODUCCIÓN
- ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
- IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
- 1.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- IXLOCURA ERÓTICA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
- 2.
- 3.
- FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN
Pero el ganado de Suffolk es famoso porque carece de cuernos. O el caso de aquellos inspectores de aduana yugoslavos, que adoptaron una actitud muy suspicaz ante varias cajas de película virgen que una compañía alemana quiso importar para el rodaje de un film. Insistieron en abrir todas las cajas. La película, expuesta a la luz, se arruinó completamente. Pero los reglamentos habían sido cumplidos al pie de la letra.
O el caso del navegante aficionado cuyo velero (con motor fuera de borda) rompió amarras en su fondeadero de la costa oriental de Gran Bretaña. Nada supo de la nave durante dos semanas, y entonces llegó una carta muy cortés, fechada en un pequeño puerto belga. La embarcación había sido hallada por un pesquero belga, y llevada a puerto. Todo estaba a salvo, incluidos los aparejos de pesca y una botella de oporto. ¿Tendría el propietario la bondad de retirar la embarcación?
Muy complacido, el hombre se preparó para recuperar su velero. Pero la cosa no era tan sencilla. Necesitaba una licencia de importación de la Junta de Comercio antes de reintegrar la nave a puerto inglés. Y tres veces le negaron el permiso que solicitaba… ¡porque era necesario proteger a la industria naviera británica!
Quizás el caso más lamentable fue el de Mr. Alfred Foster, a quien un amigo de Helsinki, Finlandia, envió una bolsa de papas (159 libras, para ser exactos). La Aduana afirmó: “Usted necesita una licencia de importación”. La Junta de Comercio afirmó: “Usted necesita un certificado sanitario. Debemos asegurarnos de que esas papas no han crecido en tierras infestadas y que no se ha hallado mosca colorada en un radio de 31 millas del lote donde se cultivaron las papas”. Además, el señor Foster sólo podía consumir 22 libras de papas, y la Junta de Comercio deseaba conocer el nombre y dirección de todas las personas que recibirían el resto de las papas.
El señor Foster escribió a su amigo finlandés y le pidió que no olvidara el certificado sanitario. Y pronto recibió la respuesta: “Demasiado tarde. Las papas ya llegaron a puerto Salford. Y, de todos modos, aquí en Finlandia nunca supimos que fuera preciso certificar la salud de las papas”.
En este punto las relaciones entre el señor Foster y el gobierno británico comenzaron a complicarse. La Junta de Comercio archivó la lista de los probables consumidores de las papas, y entregó al señor Foster la licencia de importación. Sin embargo, la Aduana retuvo las papas hasta la eventual presentación del certificado sanitario. El Ministerio de Agricultura no podía suministrar el documento porque no había intervenido en el cultivo de los tubérculos.
El asunto descansó pacíficamente unas ocho semanas. Finalmente, llegó una carta: “Sin certificado, no hay papas. Destrúyalas o envíelas de regreso a Helsinki”. Ahora bien, Helsinki está por mar a 1.200 millas de Inglaterra, y el señor Foster hubiera debido gastar más devolviéndolas que comprando la misma cantidad en Inglaterra. De todos modos, creyó que era una lástima destruirlas, a pesar de que ya estaban completamente brotadas, de modo que preguntó a la Aduana si era posible regalarlas al capitán del carguero finlandés que las había transportado. La respuesta fue negativa. De modo que las papas fueron destruidas y el burócrata imbécil se sintió feliz.