Chapters (59)
- IMPRIMIR
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- INTRODUCCIÓN
- ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
- IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
- 1.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- IXLOCURA ERÓTICA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
- 2.
- 3.
- FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN
7.
En el Imperio Bizantino se hallaban rígidamente regulados no sólo los títulos y el ceremonial de la corte, sino también las modas. Únicamente el emperador tenía derecho a usar zapatos rojos. Era uno de los signos exteriores del poder imperial, como la diadema. Después de la caída de Constantinopla, los zapatos rojos realizaron un largo viaje en el tiempo y en el espacio, y finalmente aparecieron en París. La travesía fue áspera, sin duda, pues los zapatos perdieron suela y parte superior, y sólo quedó el taco. El taco rojo- talon rouge- se convirtió en parte integral del vestido de la corte; y distinguía al noble agregado a la corte del resto de los mortales.
Cada corte se convirtió en un mundo cerrado; un mundo pequeño o grande, deslumbrante como Versalles o sombrío como El Escorial. Y también formaban un mundo los castillos de los príncipes alemanes, que se esforzaban con todos los recursos a su alcance por emular a sus grandes modelos. Este mundo no era esférico; se parecía a una pirámide graduada. En el vértice se hallaba el rey o el emperador; sobre las gradas, que se ensanchaban paulatinamente, se hallaban, de pie o arrodillados, los cortesanos, cada uno en el lugar señalado, de acuerdo con las reglas minuciosamente reguladas de la jerarquía y de la precedencia.
Jerarquía, grado, posición, nivel… ¡el sueño y la ambición de todo cortesano! Preceder a otro, aunque sólo fuera en un grado, acercarse otro escalón al ídolo de las alturas… aunque el trono no fuera el ceremonioso sillón de oro donde se tomaban decisiones de Estado, sino un mueble mucho más prosaico con un agujero en el centro.
A riesgo de que se nos considere un poco escatológicos, debemos consagrar cierto espacio al ceremonial y a la mística de este artículo doméstico. Francisco I, rey de Francia, había introducido ya el cargo de portador de la silla (porte-chaise d’affaires). Los dignatarios honrados con ese título desempeñaban sus funciones ataviados con uniformes especialmente diseñados, cubiertos de medallas y portando espada. Las tareas relacionadas con la chaise eran de las más codiciadas en la corte, pues si los resultados eran satisfactorios, Su Majestad dispensaba sus favores con generosidad. Otrora, el espectáculo revestía carácter más o menos público. Sin embargo, Luis XIV, hombre de gran delicadeza y tacto, decidió que acto tan íntimo no debía ser ejecutado ante los ojos de una multitud muy numerosa. Cuando usaba el poco atractivo trono, durante media hora, poco más o menos, sólo permitía la presencia de los príncipes y princesas de la sangre, de Madame de Maintenon, de sus ministros, y de los principales dignatarios de la corte… es decir, un grupo de apenas cincuenta personas.