Back Historia de la estupidez humana Save as PDF
Chapters (59)
  1. IMPRIMIR
  2. elaleph.com
  3. INTRODUCCIÓN
  4. ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
  5. IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
  6. 2.
  7. 3.
  8. 4.
  9. 5.
  10. 6.
  11. 7.
  12. 8.
  13. 9.
  14. IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
  15. 1.
  16. 3.
  17. 4.
  18. 5.
  19. 6.
  20. 7.
  21. 8.
  22. 9.
  23. IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
  24. 2.
  25. 3.
  26. 4.
  27. 5.
  28. VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
  29. 2.
  30. 3.
  31. 4.
  32. 5.
  33. 6.
  34. 7.
  35. 8.
  36. VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
  37. 2.
  38. 3.
  39. 4.
  40. 5.
  41. VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
  42. 2.
  43. 3.
  44. 4.
  45. VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
  46. 2.
  47. 3.
  48. 4.
  49. 5.
  50. IXLOCURA ERÓTICA1.
  51. 2.
  52. 3.
  53. 4.
  54. 5.
  55. 6.
  56. XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
  57. 2.
  58. 3.
  59. FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN

7.

La más deslumbrante y trágica personificación del oro fue el sueño de Eldorado.
El primer grupo de aventureros partió a su conquista en 1530. La última expedición tuvo lugar en 1618. Estos hombres audaces soportaron las más horribles privaciones, y su voluntad los llevó a realizar fantásticas hazañas. Sufrieron los tormentos del hambre, porque los movía un hambre devoradora… lo que los antiguos llamaron auri sacra fames.
La lengua se les adhirió al paladar; tenían la garganta más seca que las arenas del desierto; pero eso era nada comparado con la sed que sólo podía calmar un mar de oro.
En sus vagabundeos se vieron acechados por innúmeros peligros: las exhalaciones ponzoñosas de los pantanos, los mosquitos portadores de la malaria, el veneno paralizante de las flechas indias. Todo lo soportaron, pues en sus venas ardía el veneno del oro.
Cruzaron las junglas sin caminos, vadearon las rápidas corrientes de ríos desconocidos, treparon montañas cubiertas de nieve, recorrieron miles de millas. Nunca sintieron la fatiga, pues pensaban hallar descanso y recompensa bajo las cúpulas doradas de la ciudad de Manoa.
Estos héroes, aventureros, asesinos y superhombres no sabían que estaban persiguiendo una quimera, un sueño insustancial, un tema de leyenda. La estupidez de estos hombres rozaba lo heroico y lo trágico; pero fue una estupidez costosa y sanguinaria.
Cuando los españoles interrumpieron la matanza de indios y comenzaron a hablar con ellos, se enteraron de una leyenda que les aceleró los latidos del corazón y les hizo hervir la sangre en las venas por el deseo y la codicia del oro.
Hay un país, dijeron los indios, cuyo rey o sumo sacerdote se cubre con polvo de oro en un festival religioso anual. Y luego se limpia el oro en un lago sagrado. Todo esto ocurre en una legendaria ciudad llamada Manoa u Omoa, la capital de un país en el que hay cantidades fabulosas de oro y de piedras preciosas.
Esto fue suficiente para inflamar la imaginación de los españoles. Bautizaron “El dorado” al mítico rey sacerdote. Luego aplicaron el mismo nombre, por extensión, a la propia ciudad de Manoa; y finalmente, llamaron así a todo aquel país mítico.
Los rumores de la existencia de esta región habían llegado de tiempo en tiempo a oídos de los españoles. Prescott explica en su Historia de la Conquista del Perú cómo, en 1511, cuando Vasco Núñez de Balboa estaba pesando cierta cantidad de oro que había obtenido de los nativos, “un joven jefe bárbaro allí presente dio un puñetazo a la balanza, y arrojando al suelo el deslumbrante metal, exclamó: «Si esto es lo que ustedes tanto aprecian, al extremo de que por conseguirlo están dispuestos a abandonar sus lejanos hogares y a arriesgar la vida, puedo señalarles una región donde comen y beben en vajilla de oro, y donde el oro es tan barato como entre ustedes el hierro»”. El mito cobró impulso, hasta que se habló de montañas de oro que se elevaban al cielo, encegueciendo al espectador cuando sobre ellas se reflejaba la luz del sol.
Naturalmente, los españoles hallaron oro en Méjico y en Perú; pero no era bastante. Su codicia del brillante metal era insaciable; y, como es natural, no eran ellos únicos en quienes alentaba ese sentimiento.
Posteriormente apareció un español que afirmó haber estado en Manoa, y que declaró haber sido huésped del propio “Eldorado”. Éste, Juan Martínez, era teniente de Diego de Ordaz. El propio Ordaz era uno de los oficiales de la expedición de Cortés; pertenecía a la casa del gobernador Velásquez, gran enemigo de Cortés. El conquistador de Méjico lo tenía por espía de sus propios actos, y en varias ocasiones procuró desembarazarse de él. A su vez, Ordaz disputó con Martínez, a quien acusaba de insubordinación. Lo sentenció a muerte, pero la pena fue conmutada por otra un poco menos drástica; Martínez fue depositado en una canoa sin remos y la embarcación lanzada a la deriva sobre las aguas del Orinoco. Martínez, relató después que había sido recogido por algunos indios amigos, y llevado a Manoa, donde lo presentaron como curiosidad al cacique reinante (pues en esos parajes jamás habían visto a un blanco). Allí pasó siete meses maravillosos. Martínez aseguró que la Ciudad del Oro era exactamente como había sido descrita en repetidas ocasiones… o más fabulosa aún, pues en una sola calle había tres mil orfebres que trabajaban día y noche. Después de siete meses, “Eldorado” envió graciosamente de retorno a Martínez, con adecuada escolta y todo el oro que sus acompañantes podían transportar. ¿Dónde estaba el oro? Desgraciadamente, en el trayecto una tribu de indios había atacado la columna, matando a la escolta y apoderándose del metal.
Todo lo cual fue materia de un informe escrito por Juan Martínez. Cuando Sir Walter Raleigh cayó sobre Trinidad e incendió la capital española en un gesto un tanto inamistoso, el atemorizado gobernador español trató de calmarlo con el informe de Martínez, probablemente porque abrigaba la esperanza de que Raleigh y sus hombres se consagraran a la búsqueda de Eldorado… o, por lo menos, se alejaran bastante de Trinidad. El gobernador juró que el informe original de Martínez se hallaba en la capital de Puerto Rico, conservado en los archivos oficiales.
Aunque parezca extraño, Sir Walter creyó en el relato. Su expedición partió en 1595… y fracasó, lo mismo que las anteriores. De acuerdo con Raleigh, “Eldorado” o Manoa era una ciudad sobre el lago Parima, en Guayana. Así lo informó a la Reina Isabel, y agregó a la historia del gobernador de Trinidad varios datos reunidos por Francisco López de Gomara en su Historia general de las Indias (Medina, 1553). Gomara nunca había estado en el Nuevo Mundo; pero, de acuerdo con Prescott, “disponía, gracias a su situación, de los mejores medios de información”. Probablemente es bastante fidedigno con respecto a la conquista de Méjico y del Perú, pero por lo que se refiere a “Eldorado”, el erudito profesor de retórica de Alcalá demostró tanta credulidad como sus colegas más ingenuos. He aquí su descripción del palacio del cacique Guaynacapa:
“Toda su vajilla, aún la que se emplea en la cocina, es de oro. En sus departamentos hay enormes estatuas de oro puro. Hay también reproducciones de tamaño natural de todos los animales de su país, cuadrúpedos, aves o peces. Tiene un jardín privado, donde descansa; y allí, todos los árboles, arbustos, flores y plantas son de oro purísimo. También posee inmensas cantidades de oro, en forma de lingotes, apilados como si se tratara de simples trozos de madera”.
Más tarde, el erudito Alejandro von Humboldt realizó un valeroso esfuerzo con el fin de desacreditar la leyenda de “Eldorado” y de demostrar la inexistencia de esa región. De acuerdo con Humboldt, en el territorio entre el Amazonas y el Orinoco hay gran cantidad de una sustancia dorada, carente de todo valor, la mica. A menudo cubre las laderas de las montañas, y los rayos del sol poniente le arrancan reflejos dorados. Los guerreros de algunas tribus emplean el polvo de mica para frotarse la piel, en lugar de aplicarse tatuajes o pintura.
Los indios odiaban a los conquistadores españoles, y utilizaron estos hechos para desorientarlos y seducirlos. Martínez desarrolló la leyenda, e inventó la historia de su propia visita a “Eldorado” para aprovechar la gloria del “descubridor”, y también para hacer olvidar su pasado poco limpio. Su famoso informe jamás fue hallado, y el jardín dorado del cacique Guaynacapa surgió en la fértil y crédula imaginación de Gomara.
La historia de la humanidad conoce pocos casos en que tan ridículos cuentos de hadas hayan sido aceptados no sólo por belicosos aventureros, sino también por gobiernos de espíritu muy concreto, y por fríos financistas.
Tracemos con la mayor brevedad posible el balance del mítico sueño de Eldorado:
1530. Ambros Dalfinger, financiado por la banca de Welser, en Augsburgo, parte con doscientos soldados y varios centenares de esclavos. Los esclavos marchaban encadenados, sujetos por anchos collares de hierro. Si alguno de ellos caía, agotado o enfermo, no se perdía tiempo en quitarle el collar ni en socorrerlo; simplemente, se le cortaba la cabeza, y el látigo apuraba la marcha del resto. No hallaron el famoso Eldorado; y Dalfinger fue muerto por una flecha india.
1536. Otro alemán, Georg Hohemut (por lo menos el nombre era de buen presagio, pues significa “elevado coraje”) partió con unos pocos centenares de aventureros alemanes y españoles. La expedición fue un completo fracaso. Hohemut fue muerto por un asesino español a sueldo, que lo apuñaló en el lecho.
1541. La última expedición alemana, bajo la dirección de Felipe von Hutten. Al regreso de la inútil búsqueda, su jefe fue decapitado por el gobernador de Venezuela.
1552. El primer intento serio de los españoles, dirigido por Don Pedro de Ursúa, un noble de Navarra. Con el fin de intimidar a las tribus salvajes, invitó a los jefes a una comida, y allí los asesinó a todos. El lugarteniente de Ursúa, Pedro Ramiro, fue asesinado por dos oficiales durante una disputa. Ursúa mandó decapitar a los dos oficiales.
1560. Segunda expedición de Ursúa. Su nuevo lugarteniente, Aguirre, organizó una conspiración contra Ursúa, y éste fue asesinado por sus propios soldados.
1561. Bajo la dirección de Aguirre, la expedición se convirtió en banda de delincuentes que saqueaban y asesinaban. Sin embargo, a veces andaban tan escasos de alimentos que se veían obligados a contar los granos de cereal con que se alimentaban. Por orden de Aguirre, Martín Pérez asesinó a Sancho Pizarro, de cuya lealtad Aguirre sospechaba. Luego vino el turno de Pérez, también asesinado. Un lugarteniente de Aguirre, Antonio Llamosa, bebió la sangre de Pérez para demostrar su lealtad. Aguirre, que evidentemente era un maníaco sadista, hizo ejecutar a más de sesenta personas con los más fútiles pretextos. En cinco meses de actividad saqueó cuatro ciudades y diezmó a sus propios españoles… entre ellos a tres sacerdotes y cinco mujeres. Las tropas enviadas para capturarlo rodearon el campamento, y los hombres de Aguirre desertaron. Cuando comprendió que no había modo de huir mató a puñaladas a su propia hija. Fue atrapado y muerto. Su leal compañero, Llamosa, el bebedor de sangre, fue ahorcado junto con otros cómplices.
1595-1618. Varias expediciones emprendidas por Sir Walter Raleigh. Con sus propios recursos equipó naves, y gastó más de 40.000 libras en la fútil búsqueda. Su prisión y eventualmente su ejecución se debieron indirectamente a esa enloquecedora búsqueda de Eldorado.
Ríos de sangre… y todo por un sueño que ni siquiera era eso.
“Eldorado” fue sólo el más notable ejemplo de las innumerables leyendas nacidas en torno del oro y de sus desequilibrados y absurdos perseguidores. Se buscaba oro por doquier: en las montañas, en el desierto, en la selva… y aun bajo el mar. ¡Piénsese en el dinero y las vidas sacrificados al galeón Tobermory, hundido en las proximidades de la isla de Mull, que ha resistido los intentos realizados durante tres siglos para recuperar el supuesto tesoro de la Armada! ¡Piénsese en las expediciones a la isla de los Cocos, en la búsqueda del tesoro de los piratas! Súmese el costo en vidas humanas y en esfuerzo- échese la cuenta en dinero, si así se lo prefiere- y el balance será índice de la estupidez humana, siempre dispuesta a ganar que la tontería merece siempre.