Back Historia de la estupidez humana
Chapters (59)
  1. IMPRIMIR
  2. elaleph.com
  3. INTRODUCCIÓN
  4. ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
  5. IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
  6. 2.
  7. 3.
  8. 4.
  9. 5.
  10. 6.
  11. 7.
  12. 8.
  13. 9.
  14. IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
  15. 1.
  16. 3.
  17. 4.
  18. 5.
  19. 6.
  20. 7.
  21. 8.
  22. 9.
  23. IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
  24. 2.
  25. 3.
  26. 4.
  27. 5.
  28. VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
  29. 2.
  30. 3.
  31. 4.
  32. 5.
  33. 6.
  34. 7.
  35. 8.
  36. VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
  37. 2.
  38. 3.
  39. 4.
  40. 5.
  41. VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
  42. 2.
  43. 3.
  44. 4.
  45. VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
  46. 2.
  47. 3.
  48. 4.
  49. 5.
  50. IXLOCURA ERÓTICA1.
  51. 2.
  52. 3.
  53. 4.
  54. 5.
  55. 6.
  56. XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
  57. 2.
  58. 3.
  59. FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN

Otros gobernantes europeos no exigían el mismo tributo de humildad que era obligado en la corte de Bizancio. (Aunque, como podemos verlo en Ana y el rey de Siam, la postración completa subsistió en Siam y en otros países asiáticos hasta bien entrado el siglo XIX y aún durante el siglo XX). Se contentaban con una reverencia o genuflexión. Parece que esta forma de homenaje, elegante pero incómoda, fue desarrollada por la notoria etiqueta española. La hallamos en Madrid y en Viena; es probable que en esta última ciudad haya sido adoptado al mismo tiempo que otras tradiciones españolas de los Habsburgo. Tanto les agradaba a los emperadores de Austria, que procuraron aumentar las oportunidades en que el cortesano debía caer de rodillas. Todos los peticionantes debían caer sobre ambas rodillas cuando entregaban sus documentos; en otras ocasiones, bastaba una sola rodilla. Cuando el emperador atravesaba la ciudad, todos debían arrodillarse; no se exceptuaban de ello ni siquiera los altos dignatarios, si sus carruajes se cruzaban con el del emperador. En ese caso, debían descender del vehículo y arrodillarse en la calle.

Bajo el reinado de María Teresa se prestó menos atención a la regla. Cuando Lessing, el gran crítico y dramaturgo, fue recibido en audiencia, este hombre de letras, poco habituado a las costumbres de los cortesanos, tropezó con sus propias piernas, pero la emperatriz lo dispensó graciosamente del ejercicio.

José II, un hombre que estaba muy avanzado con respecto a su tiempo, y que además odiaba las ceremonias, abolió completamente la comedia. El mismo día de su ascenso al trono emitió una proclama en la que prohibía toda clase de “hazañas gimnásticas”. En eso seguía la pauta fijada por Federico el Grande, que el 30 de agosto de 1783 emitió una proclama, leída en todas las iglesias, en virtud de la cual se prohibía la genuflexión; pues ese homenaje, decía el documento, se debía sólo a Dios y no a un ser humano.