Chapters (59)
- IMPRIMIR
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- INTRODUCCIÓN
- ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
- IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
- 1.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- IXLOCURA ERÓTICA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
- 2.
- 3.
- FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN
A pesar de toda la idolatría que caracterizó a la corte de Versalles, en esto no siguió el ejemplo español. Por una u otra razón, se trataba de una práctica reñida con la tradición francesa. En cambio, las piernas de los cortesanos ingleses sufrían duras pruebas, impuestas por las minucias del ceremonial. En 1547, el mariscal Vieilleville fue invitado a almorzar con el rey Eduardo VI. En sus memorias describe la escena con conmovida indignación:
“Los Caballeros de la Jarretera servían la mesa. Llevaban los platos, y cuando se acercaban a la alta mesa, se arrodillaban. Recibía los platos el Lord Chambelán, y de rodillas los ofrecía al Rey. A los franceses nos parece harto extraño que caballeros de las más famosas familias de Inglaterra, estadistas y generales eminentes debían arrodillarse de ese modo; cuando entre nosotros aún los pajes sólo se arrodillan en la puerta, en el momento de entrar al salón.”
Durante el reinado de Isabel las rodillas tuvieron que trabajar más aún. Paul Henzner, el viajero alemán, relata en su Itinerarium Gernmniae, Galliae, Angliae, etc. (Nuremberg, 1612) cómo se tendía la mesa de la reina. Cierto dignatario de la corte, a quien no pudo identificar, entró primero con un bastón, seguido por otro caballero que llevaba un mantel. Ambos hicieron tres genuflexiones frente a la mesa vacía y el segundo caballero tendió el mantel; nuevamente tres genuflexiones, y salieron solemnemente. Después, entraron otros dos caballeros; uno de ellos llevaba un salero, un plato y el pan; el otro, provisto también de un bastón de ceremonias, lo precedía con gran dignidad. También hicieron tres genuflexiones antes y después de depositar los objetos. Luego aparecieron dos damas, con el cubierto (hasta ese momento, no había tenedores). Como de costumbre, tres genuflexiones. Sonó una fanfarria y redoblaron los tambores; aparecieron los soldados de la guardia real y depositaron sobre la mesa veinticuatro platos de oro. La reina no había aparecido aún, pero en cambio entró una tropa de damas de compañía. Levantaron los platos (con apropiadas reverencias) y los trasladaron a las habitaciones interiores… pues Isabel había decidido comer sola. Eligió un plato o dos, y los otros volvieron a la sala de banquetes, donde fueron consumidos por las damas de compañía.
Esta costumbre se mantuvo hasta el reinado de Carlos II. El conde Filiberto de Gramont, el de la lengua viperina y mirar agudo, contempló las genuflexiones de los servidores la primera vez que fue invitado a un banquete de la corte. El conde, que había sido desterrado de Francia a causa de cierto escandaloso affaire con una delas amantes de Luis XIX, fue preguntado por Carlos: