Chapters (59)
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- INTRODUCCIÓN
- ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
- IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
- 1.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- IXLOCURA ERÓTICA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
- 2.
- 3.
- FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN
Su primera víctima fue un profesor de la Universidad de Colonia; Kurschildgen explicó al erudito caballero que había descubierto el modo de tornar radiactiva cualquier sustancia mediante ciertos rayos misteriosos. El profesor le creyó quizás el joven revelaba una frágil chispa de auténtico brillo y contribuyó con su “opinión experta”, la cual de ese modo vino a respaldar las afirmaciones del “inventor”. Ahora, el “genio” autodidacta se convirtió en alquimista hecho y derecho, y desarrolló su “magnífica invención”; mediante la transformación de la materia inorgánica en sustancia radiactiva podía, según afirmaba, fisionar el átomo y por consiguiente fabricar oro.
Cualquiera hubiese creído que las víctimas potenciales recordarían la infinita serie de reyes, duques, nobles, abades y pueblo común que en el pasado habían sido objeto de engaños. Pero es indudable que Kurschildgen eligió hombres de corta memoria o de extrema codicia. Un abogado de Dusseldorf le entregó veinte mil marcos; un importante hombre de negocios de Colonia aportó cincuenta mil para los trabajos destinados a “perfeccionar” el gran invento. Muy pronto los círculos políticos derechistas de Alemania se interesaron en el “talentoso hijo de la patria”. Si se lograba fabricar oro, Alemania podría desembarazarse de la carga de las reparaciones, reconstruir su maltrecha economía y crear un nuevo ejército.
Kurschildgen comenzó a volar muy alto. Primero se entrevistó con Herr Perponcher, secretario del Partido Nacional Alemán, luego con el profesor Hennig, otro miembro prominente de la misma organización política, y finalmente con el gran Hugenberg en persona, el millonario que controlaba un vasto imperio industrial, periodístico y cinematográfico. (Digamos de pasada que el oro era sólo uno de los “descubrimientos” del obrero de Hilden. “Inventó” una máquina que curaba el cáncer; un artefacto que con sus “rayos” detenía cualquier motor; un método destinado a purificar el acero… en realidad, parecía un genio universal.) Recibió ofertas de Estados Unidos y de Gran Bretaña, y un rico banquero suizo decidió pagarle un salario anual de veinticuatro mil francos y mantuvo al inventor y a su familia durante un año.
Finalmente, sobrevino el desastre, se desenmascararon los ardides de Kurschildgen, se demostró lo infundado de sus afirmaciones y fue condenado a diez años de prisión. Sin embargo, durante un período casi igual de tiempo consiguió desorientar y engañar a algunos de los mejores cerebros de Alemania. Y lo consiguió gracias a la estúpida codicia que el oro despierta.