Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Había seis razones para hacerlo.

Y cien para no hacerlo.

En su mesa de despacho encontró más de diez mensajes. Reconoció un par de nombres de dos periodistas locales que habían llamado tres veces cada uno. Cerró los ojos y musitó una palabra que habría hecho que su abuela se tapase los oídos. Luego, bajó a la sala de comunicaciones a buscar el News. Aparecía en primera página: misteriosa tragedia del mendigo millonario. Como no tenían foto de Mackie publicaban la del lugar del suicidio. No decían mucho: muy conocido en el centro de Edimburgo... Cuenta bancaria de seis cifras... La policía trataba de averiguar si tenía familia «con derecho al dinero».

La peor pesadilla de Siobhan Clarke.

Cuando subió sonaba el teléfono y Hi–Ho Silvers se acercó a su mesa andando de rodillas con las manos juntas, implorante.

—Soy un hijo suyo natural. ¡Hacedme la prueba del ADN, pero por Dios bendito dadme la pasta!

Hubo una carcajada general en el DIC y un compañero exclamó señalando el teléfono: «¡Te están llamando!». Se movilizarían todos los chalados y falsarios del país marcando el 999 de Fettes, pero allí se los quitarían de encima diciendo que era un caso de Saint Leonard.

Todos para ella.

Se dio media vuelta y salió sin hacer caso de las bromas de sus compañeros.

Volvió a hacer una ronda por la calle preguntando por Mackie. Sabía que tenía que actuar rápido porque las noticias vuelan y no tardaría en aparecer gente diciendo que le conocían, que era su mejor amigo, su sobrino, su albacea. Ya comenzaban a conocerla los mendigos y la llamaban «muñeca» y «jovencita». Preguntó también a los vagabundos jóvenes, no los que vendían Big Issue sino a los que dormían en los soportales y entradas de las tiendas envueltos en mantas. Estaba guareciéndose de un chaparrón en la entrada de la librería Thin's cuando llegó uno con quien ella había hablado, sin manta y con un móvil pegado a la oreja protestando porque no llegaba el taxi, pero hizo como si no la conociera y siguió hablando por teléfono.

Al pie del Mound no había muchos. Sólo dos jóvenes con coleta y sus respectivos perros callejeros lamiéndose mientras los amos compartían una lata de cerveza fuerte.

—Lo siento, no lo conocemos. ¿No tendría un pitillo?

Se había acostumbrado a llevar un paquete y les ofreció sonriendo al ver que cogían dos cada uno. Volvió a subir al Mound. John Rebus le había contado que aquella colina la habían hecho con escombros de la ciudad nueva y que el que había sugerido la idea tenía una tienda en la cumbre, pero el auge de la construcción había condenado su negocio a la demolición. A Rebus le parecía una historia divertida y aleccionadora.

—¿En qué sentido?

—Es la historia de Escocia misma —respondió él sin más explicaciones.

Clark pensó si no sería una referencia a la independencia, a las ideas de autogestión y autodestrucción. A él parecía divertirle que si la presionaban, ella defendía la independencia y la fastidiaba diciendo que era una espía inglesa enviada para echar por tierra el proceso; la llamaba «colonizadora» y «escocesa nueva». Nunca sabía cuándo hablaba en serio. La gente en Edimburgo era así: cerrada, reservada. A veces pensaba que era como un flirteo en el que las burlas y bromas formaban parte de un ritual de apareamiento tanto más complejo por consistir en insinuaciones más que en zalamerías.