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Aún no habían levantado el cadáver, el cadáver de Roddy Grieve. Lo habían identificado porque al registrarle los bolsillos encontraron su cartera, pero también porque su rostro era reconocible; aunque sus ojos estaban apagados, Roddy Grieve era un personaje importante e incluso muerto conservaba el aire de ser alguien: un Grieve, un miembro del «clan», como llamaban a su familia. En cierta ocasión un entrevistador entusiasta había llegado a calificarla de primera familia de Escocia, observación absurda, pues todo el mundo sabía que la primera familia de Escocia eran los Broon.
—¿De qué te ríes?
—De nada —respondió Rebus.
Apagó el cigarrillo y guardó la colilla en el paquete por temor a tirarla y contaminar el escenario del crimen. Sintió el irreprimible deseo de echar un trago, tal como había sugerido Bobby Hogan el viernes antes de que apareciese el esqueleto de la chimenea. Le apetecía tomarse unas copas sin prisas recordando y explicando viejas historias, sin cadáveres enterrados en las paredes ni en los cenadores. Unas copas en un universo paralelo donde no existiera la crueldad entre seres humanos.
El comisario Watson, hablando de crueldad y de tortura mental, hizo en ese momento su aparición; entornó los ojos al verle, como quien hace puntería.
—A mí no me eche la culpa, señor —dijo Rebus anticipándose a un posible comentario.
—Dios, John, ¿es que no puede estar sin meterse en líos?
Lo decía medio en serio medio en broma. A Watson le quedaban unos meses para jubilarse y ya había advertido a Rebus que deseaba tranquilidad en su recta final. Rebus alzó las manos como rindiéndose y le presentó a Derek Linford.
—Ah, sí, Derek, he oído hablar de usted —dijo Watson tendiéndole la mano; el apretón se alargó, como si estuvieran midiéndose.
—Señor —interrumpió Rebus—, el inspector Linford y yo... Bien, creemos que el caso es de nuestra competencia por el hecho de estar a cargo de la seguridad en el Parlamento y tratarse del homicidio de un candidato parlamentario.
—¿Se conoce la causa de la muerte? —preguntó Watson haciendo caso omiso de la reivindicación de Rebus.
—Todavía no, señor —se apresuró a contestar Linford.
Rebus estaba sorprendido del cambio operado en el joven inspector, que se rebajaba servil para congraciarse con el Gran Jefe. Todo calculado, claro; pero Rebus dudaba mucho de que Watson lo advirtiese, o quisiera advertirlo.
—El médico ha mencionado un trauma craneal. Curiosamente, lo mismo que el cadáver descubierto en la chimenea. Fractura craneal y puñalada —añadió Linford.
—Pero sin puñalada en este caso —comentó Watson asintiendo despacio con la cabeza.
—No, señor —terció Rebus—, pero es igual.
—¿Cree que voy a permitirle encargarse de un caso comoéste?
Rebus se encogió de hombros.
—Si quiere, le enseño a usted la chimenea —dijo Linford.
Rebus pensó si lo que se proponía Linford no sería suavizar la situación, pues sólo a través del CCSPP podía acceder a la investigación del caso, junto con él, naturalmente.
—Quizá más tarde, Derek —contestó Watson—. A nadie va a preocuparle un esqueleto polvoriento y mohoso teniendo ahora el asesinato de Roddy Grieve.