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Conocía a Rebus desde hacía unos años pero seguían sin ser verdaderos amigos. Desde luego, John Rebus no se veía con los compañeros fuera del trabajo, y sólo aceptaba su compañía cuando le invitaba a los partidos del Hibs. Su única afición era la bebida en locales concurridos por pocas mujeres, antiguos pubs casi prehistóricos.
Había tenido una relación intermitente con la doctora Patience Aitken, pero era una historia acabada, aunque él no le había comentado nada. Al principio había pensado que era tímido o raro, pero ahora ya no creía que fuera por eso. Parecía más bien una estrategia pensada. No se lo imaginaba saliendo con miembros de un club de solteros como Derek Linford. Linford, otro de sus leves errores. No había vuelto a hablar con él desde que habían estado en el Dome. Linford le dejó un mensaje en el contestador: «Espero que se te haya pasado». ¡Cómo si la culpa fuese de ella! Estuvo a punto de llamarle para exigirle disculpas, pero pensó que tal vez era el juego que él se traía para inducirla a que tomara la iniciativa y reanudar la relación.
Tal vez la locura de John Rebus fuese algo metódico. Desde luego había mucho a favor de las noches tranquilas con un vídeo de alquiler, una ginebra y un paquete de Pringle's, sin necesidad de estar pendiente de nadie y bailando a solas con tu propia música. En las fiestas y discotecas siempre le daba cierto apuro por el hecho de ser observada y catalogada por ojos extraños.
Pero por la mañana en la oficina siempre preguntaban lo mismo: «¿Qué hiciste anoche?». Una pregunta inocente en sí, pero a ella le molestaba tener que responder: «Poca cosa. ¿Y tú?». Porque pronunciar la palabra sola implicaba que eras una solitaria.
O que estás disponible. O que tienes algo que ocultar.
En Hunter Square tampoco había nadie salvo dos turistas mirando un mapa. El café que había tomado estaba pidiendo salida a gritos y se dirigió a los váteres públicos. Al salir de la cabina vio a una mujer junto a los lavabos rebuscando en unas bolsas. «Bolseras» las llamaban en Estados Unidos. El chaquetón acolchado que llevaba estaba sucio y descosido en las hombreras y el cuello. Tenía el pelo corto y sucio y las mejillas enrojecidas de vivir al aire libre. Hablaba sola buscando algo: una hamburguesa empezada y envuelta en papel. La puso debajo del secador de manos para calentarla bajo el chorro de aire dándole vueltas. Clarke la miraba fascinada, sin saber si sentía miedo o admiración. La mujer se daba cuenta de que la observaban pero seguía a lo suyo. Al apagarse la máquina volvió a apretar el botón y dijo:
—Eres una sinvergüenza curiosilla, ¿eh? ¿Te ríes de mí? —añadió volviéndose hacia ella.
—Sinvergüenza... —repitió Clarke.
—Vamos, que te divierte. Yo no soy sinvergüenza, por cierto.
Clarke dio un paso atrás.
—¿No lo haría mejor desenvolviéndola?
—¿Qué?
—Así la calientas por dentro.
—¿Insinúas que soy una torpe?
—No, únicamente...