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En la oficina había un mostrador, una silla y un teléfono, y delante del mostrador un banco para esperar. El que estaba detrás del mostrador miró a Rebus cuando éste entró. Hablaba por teléfono dando detalles sobre un servicio al día siguiente por la mañana de Tollcross al aeropuerto. Rebus se sentó en el banco y cogió el periódico de la víspera. El cuarto estaba revestido de paneles de falsa madera y el suelo era de linóleo. El hombre terminó de hablar por teléfono.
—¿Qué desea? —preguntó.
Llevaba el pelo negro tan mal cortado que parecía una peluca que no le favoreciera y en la nariz se apreciaban los golpes del pasado. Tenía los ojos estrechos, almendrados y los dientes que le quedaban estaban torcidos.
Rebus miró a su alrededor.
—Creí que el dinero del seguro daría para más.
—¿Cómo?
—Quiero decir que no está mucho mejor que cuando Tonny Telford le pegó fuego.
—¿Qué quiere? —sus ojos menguaron hasta ser dos meras rendijas.
—Quiero ver al Comadreja.
—¿A quién?
—Escucha, si no está arriba me lo dices, pero no me mientas porque me da la impresión de que lo notaría y no iba sentarme muy bien —dijo Rebus enseñándole el carnet y dirigiéndolo hacia la cámara del vídeo de seguridad que había en un rincón.
Por un altavoz de la pared se oyó decir:
—Henry, que suba el señor Rebus.
Había dos puertas al final de la escalera, pero sólo una de ellas estaba abierta. Daba paso a un pulcro despachito con fax y fotocopiadora, un escritorio con un portátil y el monitor del vídeo de seguridad, más una segunda mesa en la que estaba el Comadreja. Su aspecto era el de siempre, insignificante, pero era quien mandaba en aquella zona de Edimburgo hasta que Big Ger saliera de la cárcel. Peinaba su escaso pelo grasiento hacia atrás desde una frente protuberante y la mandíbula huesuda y la boca pequeña daban a su cara ese aspecto alargado que hacía honor a su apodo.
—Siéntese —dijo.
—Me quedaré de pie —dijo Rebus disponiéndose a cerrar la puerta.
—Déjela abierta.
Rebus apartó la mano de la manija y reflexionó un instante. Notó que la atmósfera estaba cargada y olía a humanidad; luego se acercó a la puerta contigua y llamó tres veces con los nudillos.
—¿Qué tal estáis, muchachos? —la abrió y vio tres hombres alerta—. No voy a tardar mucho —dijo cerrando antes de volver al despacho del Comadreja, que cerró también para quedar los dos a solas.
Al sentarse vio junto a la pared unas bolsas de compra con botellas de whisky.
—Lamento aguaros la fiesta —dijo.
—¿Qué es lo que desea, Rebus? —dijo el Comadreja con las manos apoyadas en los brazos del sillón como dispuesto a incorporarse de un salto.
—¿Estabas tú aquí a finales de los setenta? Sé que tu jefe sí. Pero por entonces el negocio era poca cosa y él comenzaba a hacer sus pinitos. ¿Tú estabas ya con él?
—¿Qué quiere saber?
—Creo que te lo he dicho. Quien partía el bacalao en aquella época era Bryce Callan. No me irás a decir que no sabes quién es.