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—Por la misma razón que utilizaba a Hastings como intermediario. La pasma intentaba ensuciar mi buen nombre con toda clase de mentiras y acusaciones. Yo, aparte de comprar terrenos, me dedicaba a otros negocios.
—¿Proyectaba construir en esos terrenos?
—Viviendas, discotecas, bares...
—Por lo que le eran imprescindibles los permisos que el señor Hastings con sus relaciones habría obtenido más fácilmente.
—¿Ve como lo ha adivinado?
—¿Cuánto se llevó Hastings?
—Casi medio millón.
—No le haría... mucha gracia.
—Me puse furioso, y de él nunca más se supo.
Rebus miró a la puerta. Aquello explicaba por qué Hastings había cambiado tan radicalmente de identidad. Explicaba lo del dinero, pero no el hecho de no haberlo tocado.
—¿Y el socio de Hastings?
—También desapareció por aquellas misma fechas, ¿no?
—¿Y no se llevaría parte del dinero?
—Eso tendrá que preguntárselo a él.
—Bryce —volvió a interrumpir Milligan—, ¿conserva documentos que lo acrediten? Serían útiles para validar la demanda.
—Puede ser —respondió Callan.
—No valen falsificaciones —advirtió Rebus y Callan chasqueó la lengua. Rebus se enderezó en la silla—. Gracias por aclararme ese extremo. Tras lo cual, voy a hacerle una serie de preguntas, si les parece.
—Adelante —dijo Callan animado.
—Creo que tal vez... —terció Milligan.
Pero Rebus no le dio alternativa.
—No creo haberles mencionado que el señor Hastings se suicidó.
—Ya era hora ——dijo Callan.
—Se suicidó poco después del asesinato del candidato al Parlamento de Escocia, Roddy Grieve. El hermano de Alasdair, señor Callan.
—¿Y qué?
—Y poco después de que se descubriera un cadáver en una antigua chimenea de Queensberry House. ¿Le recuerda algo, señor Callan?
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que quizá su sobrino Barry le hablara de Queensberry House —añadió Rebus cogiendo la hoja en que tenía anotados los hechos—. Él trabajó allí a principios de mil novecientos setenta y nueve, época del referéndum, precisamente cuando usted descubrió que los terrenos que había comprado no iban a ser una mina de oro. También es probable que se enterara igualmente de que Hastings le había estado robando. O que se quedó con la suma de una sola operación fingiendo que lo había desembolsado, y usted después se enteró de que no era así y que había desaparecido.
—¿Qué tiene eso que ver con Barry?
—Barry trabajaba con Dean Coghill —añadió Rebus cogiendo otra hoja. Milligan quiso interrumpir pero Rebus no paraba, para regocijo de Ellen Wylie, que daba saltos de contento animándole a continuar—. Creo que usted colocó a Barry allí para que presionara a Coghill. Era como un aprendizaje.
—Oiga, Milligan, ¿va a consentir que me diga esas cosas? —protestó Callan, y Rebus se lo imaginó congestionado de ira.
Acababa de llamarle Milligan, no Gran C, ni amigo. Sí, seguro que Callan estaba echando chispas.
Rebus interrumpió sus protestas:
—Escuche, el cadáver en cuestión lo metieron en la chimenea justamente cuando su sobrino Barry trabajaba allí, en el momento en que usted descubrió que Hastings y Grieve le habían robado. Y yo ahora le pregunto, señor Callan, ¿quién es ese muerto? ¿Por qué lo mató?