Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Media hora más tarde hicieron una pausa. Tenían una lista del personal contratado para la obra en Queensberry House. Ocho nombres. Wylie los anotó en su bloc.

—Hay que localizarlos y hablar con ellos.

—Haces que parezca muy sencillo.

—Es muy posible que algunos sigan trabajando en la construcción —dijo ella empujando la lista hacia Hood.

Éste leyó los nombres: los siete primeros escritos a máquina y el octavo añadido a lápiz.

—¿Qué pone aquí, Hutton? —preguntó.

—¿El último? —dijo ella comprobando en su bloc—. Hutton o Hartón, y el nombre de pila Benny o Barry.

—¿Qué hacemos, hablar con todas las constructoras de Edimburgo dando estos nombres?

—Si no, a mirar el listín telefónico.

El hervidor hizo el clic de desconexión y Hood fue a ver si la señora Coghill quería una taza de café, para volver con el volumen de páginas amarillas que abrió por «Empresas constructoras».

—Léeme los nombres —dijo— a ver si hay suerte.

Al tercer nombre, exclamó: «¡Bingo!» señalando un recuadro que decía: «J. Hicks. Ampliaciones, Rehabilitaciones, Transformaciones». Podía corresponder al John Elides de la lista.

—Vale la pena hacer una llamada —añadió. Wylie cogió el móvil y brindaron con café.

El negocio de John Hicks estaba en Bruntsfield y él se encontraba en una obra en Glengyle Terrace, junto al campo de golf. Era una vivienda con jardín en la planta baja y el hombre estaba atareado transformando un dormitorio grande en dos pequeños.

—Los alquileres han subido —les dijo— y hay gente a quien no le importa vivir en una conejera.

—O no tienen dinero para más.

—Cierto, encanto —respondió Hicks, que era un cincuentón bajito y nervudo, de cabeza apepinada y curtida y espesas cejas negras. Sus ojos chispeaban humor—. Tal como están las cosas en Edimburgo, no va a quedar un solo edificio sin dividir.

—Es trabajo para usted.

—No puedo quejarme —dijo con un guiño—. Me dijeron por teléfono que era algo relacionado con Dean Coghill.

Se oyó un portazo.

—Son estudiantes —explicó Hicks—. Les cabrea que esté aquí de ocho a cinco de la tarde dando golpes —añadió cogiendo un martillo y golpeando un ladrillo.

Wylie le mostró la lista, él echó un vistazo, la cogió y lanzó un silbido.

—Es un viaje al pasado —comentó.

—Tenemos que indagar sobre todos esos nombres.

—¿Por qué? —preguntó el hombre levantando la vista.

—¿No ha leído en el periódico lo de ese cadáver encontrado en Queensberry House? —Hicks asintió con la cabeza—. Lo tapiaron allí a finales de 1978 o en 1979.

Hicks asintió de nuevo.

—La época en que trabajamos nosotros —dijo—. ¿Creen que alguno de los obreros...?

—Estamos llevando a cabo una línea de investigación. ¿Recuerda usted que destaparan la chimenea?

—Ah, sí. Hubo que hacer una cámara de aire. Por eso la destaparon.

—¿Volvieron a tapiarla?

Hicks se encogió de hombros.

—No recuerdo. Debió de hacerse al finalizar la obra, pero realmente no me acuerdo.

—¿Quién la tapiaría?

—Ni idea.

—¿Puede decirnos algo sobre los demás de la lista? El hombre volvió a leerla.