Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—A propósito de que sin cadáver no hay crimen... ¿dónde está Rab Hill?

Cafferty le miró.

—Sí, ya sé que ha estado preguntando por él.

—Es Rab el que tiene cáncer, no tú. Le hicieron los análisis y al volver comunicó la noticia a su buen amigo —Rebus hizo una pausa— y tú manipulaste las radiografías.

—En el Servicio de Salud no pagan a los médicos ni la mitad de lo que deberían —replicó Cafferty.

—Sabes que lo demostraré.

—Es un policía vengativo y contra eso nada puede un pobre ciudadano como yo.

—Tal vez podría aflojar un poco —dijo Rebus.

—¿A cambio de...?

—De que testifiques contra Bryce Callan. Tú estabas allí en el setenta y nueve y sabes lo que sucedió.

—No, así no —dijo Cafferty.

—Pues ¿cómo, entonces?

Cafferty hizo caso omiso de la pregunta.

—Esto es un lugar muy frío, ¿verdad? Cuando me entierren quiero que sea en un sitio más cálido.

—Tú iras a un sitio más caliente —dijo Rebus—. Demasiado, tal vez.

—Y usted con los ángeles, ¿no? —iban camino del coche y Rebus se detuvo; había dejado el Saab al otro lado de la capilla. Cafferty, sin mirarle, siguió andando despidiéndole con un leve gesto—. El próximo entierro a que vaya será seguramente el suyo, Hombre de paja. ¿Qué desea como epitafio?

—¿Qué te parece «Murió apaciblemente durante el sueño a la edad de noventa años», por ejemplo?

Cafferty se echó a reír con la confianza de los inmortales.

Rebus volvió sobre sus pasos. Caminaba por fuera del recinto y se sobresaltó al oír un ruido seco: el Comadreja acababa de cerrar la puerta del Jaguar. Al llegar a la capilla entró en ella. En un amplio vestíbulo había un grueso libro para firmas sobre una mesa de mármol, con una cinta de seda roja que lo mantenía abierto por la fecha de aquel día el año anterior: ocho nombres correspondientes a las incineraciones de la jornada, ocho familias en duelo que volverían o no a manifestar su dolor. No..., no era así. No se trataba de las fechas de incineración, sino de fallecimiento. Dejó la señal roja en su sitio y fue al final del libro pasando rápido páginas en blanco que acabarían llenas de nombres. Si lo que decía Cafferty era cierto, el suyo no figuraría en ellas porque le habría hecho desaparecer. No sabía qué sentía exactamente pensándolo. En realidad no sentía nada. Aquel día aún no habían inscrito ningún nombre, aunque al llegar había visto coches que partían y, desde una limusina, un jovencito con corbata negra mal anudada le miró por la ventanilla trasera.

Tampoco había nombres el día anterior: demasiado pronto. El precedente, tampoco. Miró en el fin de semana. El viernes había nueve nombres; seguramente las incineraciones habrían tenido lugar la víspera. Miró la lista y vio que eran anotaciones con tinta negra de estilográfica en caligrafía muy cuidada con trazos seguros y gruesos con adornos. Fechas de nacimiento, nombres de soltera...

Bingo. Allí estaba.

Robert Wallace Hill, llamado Rab.