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Pero Jayne se puso en pie de pronto como si le leyera el pensamiento.
—Ni hablar —añadió saliendo a toda prisa del cuarto.
Qué mal carácter..., siempre se picaba. Tal vez Nic tuviese razón, quizá él podría poner algo de su parte. Pero a Nic con su buen empleo, sus trajes y su buen piso, también Catriona le había dejado. Lanzó un bufido: «¡Le había dejado por uno que conoció en una noche de club de solteros! ¡Una mujer casada y se va con el primero que conoce en una discoteca!». Qué cruel era la vida; y aún gracias, porque habría podido ser peor. Volvió a poner la tele y a tumbarse en el sofá. En el suelo estaba la lata de cerveza sin empezar. La cogió. Ahora ponían dibujos animados, aunque no importaba, a él le gustaban. No tenían hijos, pero mejor; él era un poco infantil en su fuero interno. Los vecinos de arriba, los de los golpes, tenían tres... ¡y aún tenían el morro de decir que ellos hacían ruido!
Vio en el suelo la carta del ayuntamiento que había caído al volcarse la mesa. Nos han llegado quejas... para solventar el problema con los vecinos... etcétera. ¿Tenía él la culpa de que hicieran las paredes tan finas que no podía ni clavarse un taco? Cuando los gilipollas de arriba iban a por su cuarto retoño era como estar con ellos en la cama. Una noche al terminar el asalto él les dedicó un aplauso y no dijeron ni pío, señal de que lo oyeron.
Se preguntó si era quizá precisamente por miedo a que les oyeran que Jayne no quería nada de sexo. Cualquier día se lo pediría; o la obligaría si se negaba, haciéndola llorar un buen rato para que lo oyeran los de arriba y les diera que pensar. Aquella pequeñita de la tele seguro que era chillona y habría que taparle la boca con la mano; con cuidado, eso sí, para dejarla respirar.
Como decía Nic, eso era imprescindible.
—¿Así que te gusta el fútbol?
Derek Linford había anotado el número de teléfono de Siobhan en el Marina y el sábado le dejó un mensaje en el contestador preguntándole si le apetecía salir a pasear el domingo. Caminaban por el jardín botánico una tarde espléndida; estaban rodeados de parejas, paseando como ellos, aunque no hablaban de fútbol.
—Casi todos los sábados voy al partido —dijo Siobhan.
—Yo creía que en invierno se hacía una especie de pausa —añadió él como para demostrar que estaba enterado.
—Sólo durante la liga de campeones —contestó ella sonriendo por el esfuerzo de Linford—. La temporada pasada el Hibs bajó a primera.
—Ah, sí —dijo él. Llegaron a la altura de un letrero—. Si tienes frío podemos entrar en el invernadero tropical.
Ella negó con la cabeza.
—Estoy bien. Los domingos no hago casi nada.
—¿No?
—A veces voy a un mercadillo, pero lo normal es que no salga.
—Entonces, ¿no tienes novio? —ella no respondió—. Perdona que te lo pregunte.