Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—Que sea rápido —dijo al guardárselas mirando a su alrededor.

El tráfico era intenso, camiones sobre todo, y nadie se fijaba en ellos dos. Rebus le resumió brevemente el asunto, dándole la descripción del sospechoso, el pub y la agresión.

—Debe de ser Mick Lorimer —dijo el hombre dándose la vuelta.

—¡So! —exclamó Rebus—. ¿No me da una dirección o algo?

—Mick Lorimer —repitió el hombre ya casi en la puerta del pub.

John Michael Lorimer, conocido por Mick, con antecedentes de agresión, allanamiento y robo. Bobby Hogan sabía quién era y por eso pudieron hacerle ir a la comisaría de Leith, donde le dejaron un rato a solas para que sudara antes de interrogarle.

—No vamos a sacar mucho en limpio —comentó Hogan a Rebus—. Su léxico se reduce a una docena de palabras, la mitad de las cuales horripilarían a tu abuela.

Lorimer les recibió tranquilamente sentado en su casita de dos pisos de Easter Road, cuya puerta les franqueó una «amiga» que les hizo pasar al cuarto de estar donde él les esperaba con el periódico abierto sobre el regazo. No dijo apenas nada, ni se molestó en preguntarles qué querían ni por qué le pedían que les acompañase a la comisaría. Rebus anotó la dirección del domicilio de la amiga, que correspondía a los bloques cerca de los cuales Linford había sufrido la agresión. Normal, incluso si demostraban que era a Lorimer a quien Linford había seguido, ahora tenía la coartada de que había ido a casa de su amiga y que había pasado allí la noche.

Conveniente y rentable, y ella no iba a cambiar la declaración si sabía a qué atenerse. Por sus ojos llorosos, Rebus dedujo que Mick Lorimer la tenía bien domesticada.

—Entonces, ¿vamos a perder el tiempo? —preguntó Rebus.

Bobby Hogan se encogió de hombros. Llevaba en el Cuerpo tanto tiempo como Rebus y los dos estaban al cabo de la calle. La detención no era más que el primer asalto, seguido casi siempre de un combate con resultado amañado.

—En cualquier caso, haremos una rueda de reconocimiento —comentó Hogan abriendo la puerta del cuarto de interrogatorios.

La comisaría de Leith no era moderna como la de Saint Leonard. Estaba instalada en un sólido edificio de estilo Victoriano tardío que a Rebus le recordaba la escuela de su infancia. Tenía muros de piedra recubiertos de innumerables capas de pintura y había tuberías a la vista por todas partes. Los cuartos de interrogatorio eran como calabozos, pequeños y deprimentes. Sentado ante una mesa, Lorimer parecía hallarse en el cuarto de estar de su propia casa.

—Quiero un abogado —dijo al verlos entrar.

—¿Te hace falta por algo? —replicó Hogan.

—Quiero un abogado —repitió Lorimer.

—¿Has visto? Es como un disco rayado —dijo Hogan mirando a Rebus.

—Que se atasca siempre en el surco equivocado.

Hogan se volvió hacia Lorimer.

—Tenemos seis horas por delante sin que tengas el menor derecho a asesor legal. Es lo que dice la ley —dijo metiendo las manos en los bolsillos del pantalón, con gesto pensado para darle a entender que era una charla entre amigos—. Mick, ahí donde lo ves —añadió mirando a Rebus— fue portero de Tommy Telford. ¿No lo sabías?