Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—¿Tus padres viven allí?

—Sí.

—¿Profesores universitarios, eh? ¿Y qué piensan de ti?

Era una pregunta de rigor, pero no tenía bastante confianza en él para contestarla. Del mismo modo que había dejado que la gente creyera que su piso de la nueva ciudad era de alquiler; cuando lo vendió para comprarse otro más pequeño, devolvió el dinero a sus padres, y nunca les explicó por qué, ni tampoco ellos se lo preguntaron más de una vez.

—Volví aquí para ir a la universidad —dijo— y me sedujo Edimburgo.

—¿Para elegir una carrera en la que siempre vemos los trapos sucios?

Optó igualmente por no contestarle.

—O sea que eres una colonizadora... una nueva escocesa. Creo que es así como os llaman los nacionalistas. Supongo que votarás al PNE, ¿no?

—Ah, ¿tú eres del PNE?

—No —respondió él echándose a reír—, es que pensaba que tú sí lo eras.

—Es una manera un poco enrevesada de averiguarlo.

Linford se encogió de hombros y apuró su bebida.

—¿Tomas otra? —preguntó.

Ella seguía estudiándole y de pronto se sintió agobiada. Comenzaban a marcharse a casa los empleados de las otras mesas tras tomarse sus copas. ¿Por qué haría eso la gente? Podían beber tranquilos en su casa, con las piernas estiradas delante de la tele, pero preferían ir cerca de la oficina y tomárselas allí con los compañeros de trabajo. ¿Tanto les costaba desconectar? ¿O es que la casa no era más que un refugio y necesitaban armarse de valor con una copa antes de volver a él y enfrentarse a la rutina cotidiana? ¿Era eso lo que hacía ella en aquel momento?

—Tengo que marcharme —dijo de pronto.

La chaqueta estaba en el respaldo de la silla. No hacía mucho habían apuñalado a uno en la calle frente a aquel local y ella se había encargado del caso. Otro acto de violencia y otra vida perdida.

—¿Vas a alguna parte? —preguntó él ansioso y nervioso como un niño ignorante y veleidoso.

¿Qué podía decirle? ¿Que se iba a casa a poner un disco de Belle y Sebastian, a tomarse otro gin–tonic y acabar una novela de Isla Dewar? Era muy poco aceptable para cualquier hombre.

—¿De qué te ríes?

—De nada —le contestó.

—De algo será.

—Las mujeres tenemos nuestros secretos, Derek —ya se había puesto la chaqueta y se apretó la bufanda.

—Había pensado ir a comer algo para acabar la velada —espetó él.

—No, Derek —replicó ella mirándole y esperando que por el tono comprendiera que quería decir nunca más. Echó a andar.

Él se ofreció a acompañarla a casa pero ella rehusó. Linford preguntó si quería que pidiera un taxi, pero Siobhan vivía a tiro de piedra. No eran ni las siete y media. Linford se vio solo y de repente el ruido del local le pareció inaguantable; la cabeza le estallaba. Voces, risas, tintineo de vasos. Ella no le había preguntado nada sobre su jornada de trabajo, ni había hablado mucho salvo para responder a sus preguntas. Vio la bebida del vaso de un amarillo falso, como de caramelo. Era un líquido pegajoso y amargo que le escocía las encías; fue a la barra, pidió un whisky, sin agua. Y cuando miró al local vio que otra pareja se había sentado en su mesa. Bueno, daba igual. En la barra no llamaba mucho la atención; podía ser un oficinista más de un grupo cualquiera, pero no lo era, y él lo sabía. Era un intruso, lo mismo que en Saint Leonard. Cuando uno se consagra al trabajo como hacía él, el resultado era que ganas ascensos pero no haces amistad con nadie y la gente pasa a tu lado rápido por recelo o por envidia. El jefe le había llevado a un aparte después del recorrido por Saint Leonard.