Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—¿Por qué motivo?

—Porque yo también estoy rabiando por fumar.

En Saint Leonard sólo se podía fumar en el aparcamiento trasero y como allí no se permitía el paso al público, se situaron en la acera de enfrente a satisfacer su vicio moviendo los pies para calentarse.

Cuando Rebus casi había terminado el cigarrillo, quizá para alargarlo y apurar la colilla le preguntó si sabía quién era el autor de la carta.

—Ni la menor idea.

—Tuvo que ser alguien que les conocía a los dos.

—Sí, claro. Yo me imagino que sería alguien del partido en Edimburgo. O quizá algún resentido de los relegados en el nombramiento. En ocasiones el proceso de selección de candidatos ha sido muy reñido.

—¿Ah, sí?

—Es por la pugna entre el laborismo histórico y el nuevo que da lugar a que se revivan viejos agravios.

—¿Quién era el adversario del señor Grieve?

—Eran tres. Gwen Mollison, Archie Ure y Sara Bone.

—¿Fue una lucha limpia?

Josephine Banks exhaló una mezcla de humo y aliento frío.

—Dentro de lo que cabe, sí. Quiero decir que no hubo jugarretas.

Algo en el tono en que lo decía le impulsó a Rebus a preguntar:

—¿Pero?

—Cuando se supo que el elegido era Roddy hubo cierto malestar. Sobre todo por parte de Ure. Lo habrá leído en la prensa.

—Únicamente si hubiese aparecido en la sección de deportes.

—¿Usted va a votar? —preguntó ella mirándole.

Rebus se encogió de hombros y miró lo poco que quedaba del pitillo.

—¿Por qué se molestó tanto Archie Ure?

—Archie está hace siglos en el partido laborista y es partidario de la autonomía. Y resulta que aparece Roddy y le arrebata en sus propias narices lo que él consideraba un derecho hereditario. Dígame, ¿votó usted en el setenta y nueve?

El 1 de marzo de 1979: fecha del fallido referéndum por la autonomía.

—Ya no me acuerdo —mintió.

—No votó, ¿verdad? —preguntó ella y vio que se encogía de hombros—. ¿Y por qué?

—No fui el único.

—Se lo pregunto por curiosidad, porque hizo muy mal día y a lo mejor se valió de la excusa de que nevaba.

—¿Me está tomando el pelo, señorita Banks?

—No me atrevería, inspector —respondió ella tirando la colilla.

1979

Recordaba a Rhona, su mujer por aquel entonces, con el rollo de pegatinas «vota sí» que él se encontraba en la chaqueta, en el parabrisas del coche y hasta en la petaca que a veces se llevaba a la comisaría. Fue un invierno crudo; nublado y frío y con muchas huelgas. El invierno de la protesta como decían los periódicos, y no era para menos. Su hija, Sammy, tenía cuatro años. Cuando Rhona y él discutían lo hacían en voz baja para no despertar a la pequeña. Su trabajo era un problema y le parecían insuficientes las veinticuatro horas del día. Hacía poco que Rhona había iniciado su militancia política colaborando en la campaña a favor del Partido Nacionalista Escocés. Para ella la autonomía era un paso hacia la independencia, pero para Jim Callaghan y su gobierno laborista era el modo de... Rebus nunca lo supo con certeza. ¿Frenar el nacionalismo? ¿O frenar a la propia Escocia? ¿Se proponían reforzar la Unión?