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—¿Funciona? —le preguntó.
—Parece que sí —respondió él pulsando teclas—. El problema va a ser la impresora, porque no servirá ninguna de las de ahora. Quizá haya que buscar en tiendas de segunda mano.
—Bueno, ¿qué hay en los discos? —dijo Siobhan Clarke.
—Espera —dijo él, concentrándose de nuevo en su trabajo.
Ellen Wylie puso encima de la mesa la primera caja de documentos para abrirla, al tiempo que Rebus ponía las otras tres dándoles unos golpecitos.
—Éstas ya están revisadas —dijo, y todos se le quedaron mirando—. Lo acabé anoche —añadió con un guiño.
Así sabían que arrimaba el hombro.
Comieron unos emparedados y cuando a las tres hicieron una pausa para tomar café Hood ya comenzaba a abrir los discos.
—La buena noticia —dijo desenvolviendo una barra de chocolate— es que el ordenador fue una adquisición tardía en la oficina.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque todo lo que hay en los discos lleva fecha del setenta y ocho y principios del setenta y nueve.
—Mi clasificador abarca desde el setenta y cinco —se quejó Siobhan Clarke.
—Wish you Were Here [Ojalá estuvieras aquí] de Pink Floyd —comentó Rebus—. Creo que apareció en septiembre pero no fue debidamente apreciado.
—Gracias, profesor —dijo Wylie.
—Vosotros aún estaríais en la guardería, supongo.
—Convendría imprimir todo esto —dijo Grant Hood—. No sé si haciendo unas llamadas a las tiendas de informática...
—¿A qué te refieres? —preguntó Rebus. —Hay ofertas de compra de terrenos, solares vacíos, etcétera.
—¿Dónde?
—En Calton Road, Abbey Mount, Hillside...
—¿Con qué propósito?
—No lo dice.
—¿Quería comprarlos todos?
—Eso parece.
—Son muchos terrenos —comentó Wylie.
—Sí, muchos terrenos edificables.
Rebus salió del cuarto y regresó con un plano y trazó sobre él un círculo en Calton Road, Abbey Mount y Hillside Crescent.
—Mira si tenía previsto algo en Greenside —dijo, y todos esperaron mientras Hood tecleaba.
—Efectivamente–dijo—. ¿Cómo lo ha adivinado?
—Mirad —dijo Rebus trazando un círculo en Calton Hill.
—¿Para qué los quería? —preguntó Wylie.
—En 1979 se celebró el referéndum —dijo Rebus.
—¿Y el Parlamento iba a construirse ahí? —aventuró Siobhan.
—En la antigua Royal High School —contestó Rebus. Wylie comenzaba a entenderlo.
—Si el Parlamento tenía ahí su sede, los terrenos lindantes valdrían una fortuna.
—Hastings se lo jugó todo al sí del referéndum y perdió —dijo Siobhan.
—Lo que yo me pregunto —añadió Rebus— es si él tendría suficiente dinero para la compra, porque incluso en los setenta, que para todos vosotros es casi prehistoria, esa zona no era barata precisamente.
—Luego ¿si no tenía el dinero...? —añadió Hood.
—Otro lo tendría —contestó Ellen Wylie.
Ahora ya sabían lo que buscaban: documentos financieros; pistas de que además de Hastings y Alasdair Grieve había habido otro socio en el negocio. Se quedaron hasta tarde y Rebus les dijo que podían irse a casa si querían. Pero trabajaban estrechamente unidos y nadie quiso romper el encanto. A Rebus le dio la impresión de que no tenía nada que ver con hacer horas extra. Salió al pasillo a tomarse un respiro y se encontró con Ellen Wylie.