Contents ( 3)
Clarke apenas tardó unos minutos en comprobar que la ficha médica había sido abierta en 1980, fecha de alta de Mackie en aquel médico; en ella figuraba la dirección de otro doctor de Londres, en cuyo poder estaba el historial médico. Pero la carta del doctor Talbot al facultativo londinense le había sido devuelta con la estampilla de calle inexistente.
—¿No hizo ninguna otra averiguación? —dijo Clarke.
—Soy médico, no policía.
La dirección de Mackie en Edimburgo era la del albergue y como fecha de nacimiento figuraba otra distinta a la del registro de la encargada Drew. Clarke tuvo la molesta sensación de que Mackie había ido borrando pistas. Volvió a mirar el expediente y vio que a aquella consulta Mackie sólo había acudido tres veces: por un corte infectado en la cara, una gripe, y a que le sacaran un forúnculo. Todo ello dolencias de poca importancia.
—Gozaba de muy buena salud teniendo en cuenta las circunstancias —comentó el doctor Talbot—. Claro que creo que ni fumaba ni bebía y eso ayuda bastante.
—¿No tomaba ninguna droga?
El médico negó con la cabeza.
—¿No es algo raro una salud tan buena en un mendigo?
—He conocido personas más sanas que el señor Mackie.
—Sí, pero que un mendigo no beba ni tome drogas...
—No soy un experto.
—¿Pero qué opinión le merece?
—Mi opinión es que el señor Mackie me dio pocas molestias.
—Gracias, doctor Talbot.
Salió de la consulta y fue a la Seguridad Social, donde una tal señorita Stanley la atendió en un cubículo anodino de los que utilizan para recibir la presentación de reclamaciones.
—Por lo visto no tenía número de afiliado a la Seguridad Social —dijo la mujer mirando el expediente—. Le asignamos uno provisional en la primera visita.
—¿En qué fecha?
En mil novecientos ochenta, claro; la fecha de invención de Christopher Mackie.
—Yo no estaba aquí entonces, pero hay unas anotaciones de esa primera entrevista —dijo la funcionaria, y leyó—: «Sucio, no sabe bien su domicilio y no tiene número de afiliado». El dio una dirección anterior de Londres.
Clarke lo anotó en su bloc.
—¿Le solucionan algo esos datos?
—Bastante —contestó Clarke, pero lo cierto era que aquella noche en la estación era cuando más cerca había estado de Chris Mackie, y desde entonces no hacía más que alejarse de él porque era alguien inexistente; una ficción creada por quien tenía algo que ocultar.
Tal vez no lograse nunca descubrir quién era y qué ocultaba.
Porque Mackie había sido listo. Todos decían que era aseado, pero a la Seguridad Social había acudido fingidamente sucio. ¿Por qué? Para que su engaño fuese más creíble adoptando la apariencia de una persona que no sabe expresarse, olvidadiza y desamparada, la clase de individuo que un funcionario procura quitarse de encima cuanto antes. ¿No tiene usted número de afiliado? No importa, le damos uno provisional. ¿No recuerda bien su domicilio en Londres? Es igual; firme aquí en el formulario. Y a otra cosa.
Llamó por el móvil al Registro Civil y le confirmaron que no había certificado de nacimiento a nombre de Christopher Mackie en la fecha dada. Podía probar con la otra o ampliar las averiguaciones en el registro central de Londres, pero sabía que era perseguir a un fantasma. Se sentó en un café muy concurrido y se tomó la consumición mirando al vacío y pensando si no había llegado el momento de hacer su informe y cerrar la investigación.