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—Estaba intentando limpiar esto un poco.
La señora Grieve tocó la mano de Rebus y éste notó que sus dedos estaban fríos como el mármol.
—Quiere vender mis cuadros porque necesita dinero.
Rebus miró a Lorna que movía la cabeza, negándolo.
—Únicamente lo que quiero es limpiarlos y cambiarles el marco.
—Los quiere vender —insistió la anciana—. Eso es lo que va a hacer.
—Madre, por Dios bendito, no necesito dinero.
—Tu marido sí porque no tiene oficio ni beneficio, sólo deudas.
—Gracias por el voto de confianza —musitó Lorna.
—¡No te pongas descarada conmigo, niña! —replicó la anciana con voz trémula, apretando aún la mano de Rebus con los dedos, que eran como garras o zarpas descarnadas.
Lorna lanzó un suspiro.
—Bueno, ¿ustedes que es lo qué quieren? Espero que hayan venido a detenerme; cualquier cosa sería mejor que esto.
—¡Vete a tu casa si quieres! —chilló la madre.
—¿Y te dejo aquí a que te revuelques en tu autocompasión? No, querida mamá, eso no puede ser.
—Me cuida Seona.
—Seona está muy ocupada con su carrera política —espetó Lorna— y ya no te necesita. Ahora ha encontrado algo más provechoso.
—Eres un monstruo.
—Pues supongo que eso te convierte en el doctor Frankenstein.
—No eres más que un cuerpo vil.
—Y dale. Ahora vas a decirnos que le conociste —se volvió hacia Rebus y Siobhan—. A Evelyn Waugh, autor de Vile Bodies [Cuerpos viles].
—Asquerosa. Te echabas en brazos de todos los hombres que conocías.
—Y sigo haciéndolo —replicó Lorna con un gruñido mirando de reojo a Rebus—. Mientras que tú sólo te echaste en los brazos de padre porque sabías que era lo que te convenía. Y una vez que obtuviste fama, si te he visto no me acuerdo, en una frase: fin del romance.
—¿Cómo te atreves? —replicó la anciana con una cólera fría, una furia propia de una mujer más joven.
Siobhan tiró de la manga a Rebus en dirección a la puerta pero Lorna lo advirtió.
—¡Ah, fíjate, estamos espantando a la pasma! ¿No es una maravilla, madre? ¿Te das cuenta del poderío? —añadió echándose a reír secundada por la anciana.
«Esto es una maldita casa de locos», pensó Rebus; pero inmediatamente consideró que era el proceder normal entre madre e hija, con peleas e insultos para provocar la catarsis. Habían sido tanto tiempo figuras públicas que se habían convertido en actores de su propio melodrama y daban una teatralidad exagerada a sus necias rencillas.
Escenas de la vida familiar.
Un infierno.
Lorna se enjugó en un ojo una lágrima imaginaria sin soltar los cuadros.
—Estos voy a colgarlos —dijo.
—No —dijo su madre—, déjalos ahí con los otros —añadió señalando una docena de óleos enmarcados que estaban apoyados en la pared en el vestíbulo—. Bueno, tienes razón; que se vean. Los limpiaremos y les pondremos marco nuevo.
—Habrá que hacer un seguro ya que estamos —dijo Lorna y vio que su madre iba a objetar algo y añadió—: No es para venderlos, es por si los roban...