Back En la oscuridad Save as PDF
Chapters (46)
  1. PRIMERA PARTE
  2. 1
  3. 2
  4. 3
  5. 4
  6. 5
  7. 6
  8. 7
  9. 8
  10. 9
  11. 10
  12. 11
  13. 12
  14. 13
  15. 14
  16. 15
  17. SEGUNDA PARTE
  18. 16
  19. 17
  20. 18
  21. 19
  22. 20
  23. 21
  24. 22
  25. 23
  26. 24
  27. 25
  28. 26
  29. 27
  30. 28
  31. TERCERA PARTE
  32. 29
  33. 30
  34. 31
  35. 32
  36. 33
  37. 34
  38. 35
  39. 36
  40. 37
  41. 38
  42. 39
  43. 40
  44. 41
  45. 42
  46. AGRADECIMIENTOS

Caminó hasta rebasar el BMW mirando dentro. En el asiento del copiloto había algo: era el móvil. Linford no andaría lejos. Orinando quizá, aunque había dicho que no lo necesitaba. Sonrió y movió la cabeza, y en ese momento advirtió que las puertas no estaban cerradas. Probó la del conductor y al encenderse la luz interior vio el bloc de Linford. Lo cogió y cuando comenzaba a leer se apagó la luz. Se acomodó en el asiento, cerró la puerta y volvió a encenderla. La minuciosidad de las notas era extraordinaria, pero eso no sirve de nada si te ven. Se bajó y echó un vistazo a algunos coches aparcados; eran viejos y corrientes, de los que pasan la ITV gracias al soborno de un cordial mecánico. No, un coche así no podía ser de Barry Hutton. Pero el caso era que Hutton había llegado allí en coche. ¿Se habría marchado? ¿O había burlado a Linford?

De pronto, el lugar empezó a parecerle el mejor de los panoramas al pensar en otros ni la mitad de interesantes. Volvió al Saab y llamó a Saint Leonard por si sabían de alguna detención o denuncia en Leith. Le respondieron de inmediato que era una noche tranquila de momento. Siguió allí sentado y fumó tres o cuatro cigarrillos hasta acabar el paquete, tras lo cual se dirigió al Bellman's.

El interior estaba lleno de humo y no había música ni televisor. Sólo media docena de hombres en la barra que le miraron al entrar. Ni rastro de Barry Hutton ni de Linford. Fue hacia el mostrador sacando monedas del bolsillo.

—¿Hay máquina de tabaco? —preguntó.

—No —respondió el de detrás de la barra frunciendo el entrecejo.

—¿Tiene algún paquete en el bar? —dijo Rebus parpadeando con mirada inocentona.

—No.

Rebus se volvió hacia los clientes.

—¿Me vende alguien unos pitillos?

—A libra la pieza —contestó uno sin vacilación.

Rebus resopló.

—Vaya atraco —dijo.

—Pues lárguese y cómprelos en otro sitio.

Rebus se demoró examinando las caras y el destartalado local: tres mesas, suelo de linóleo color sangre de toro y paredes forradas de madera. Fotos de portadas antiguas con mujeres desnudas y un tablero para jugar a los dardos lleno de telarañas. No veía ninguna puerta de servicios. En la barra no había más que cuatro botellas de licor y dos grifos de cerveza: rubia y de importación.

—Debe de tener un negocio bestial —comentó.

—Shug, no sabía que esta noche habías montado espectáculo —dijo uno de los clientes al de la barra.

—El espectáculo se lo vamos a dar a él —replicó el otro.

—Tranquilos, tranquilos, muchachos —dijo Rebus alzando las manos en plan conciliador y retrocediendo—. Ya le comentaré a Barry vuestro sentido de la hospitalidad.

No cayeron en la trampa y siguieron en silencio hasta que el llamado Shug dijo: