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De pronto, el lugar empezó a parecerle el mejor de los panoramas al pensar en otros ni la mitad de interesantes. Volvió al Saab y llamó a Saint Leonard por si sabían de alguna detención o denuncia en Leith. Le respondieron de inmediato que era una noche tranquila de momento. Siguió allí sentado y fumó tres o cuatro cigarrillos hasta acabar el paquete, tras lo cual se dirigió al Bellman's.
El interior estaba lleno de humo y no había música ni televisor. Sólo media docena de hombres en la barra que le miraron al entrar. Ni rastro de Barry Hutton ni de Linford. Fue hacia el mostrador sacando monedas del bolsillo.
—¿Hay máquina de tabaco? —preguntó.
—No —respondió el de detrás de la barra frunciendo el entrecejo.
—¿Tiene algún paquete en el bar? —dijo Rebus parpadeando con mirada inocentona.
—No.
Rebus se volvió hacia los clientes.
—¿Me vende alguien unos pitillos?
—A libra la pieza —contestó uno sin vacilación.
Rebus resopló.
—Vaya atraco —dijo.
—Pues lárguese y cómprelos en otro sitio.
Rebus se demoró examinando las caras y el destartalado local: tres mesas, suelo de linóleo color sangre de toro y paredes forradas de madera. Fotos de portadas antiguas con mujeres desnudas y un tablero para jugar a los dardos lleno de telarañas. No veía ninguna puerta de servicios. En la barra no había más que cuatro botellas de licor y dos grifos de cerveza: rubia y de importación.
—Debe de tener un negocio bestial —comentó.
—Shug, no sabía que esta noche habías montado espectáculo —dijo uno de los clientes al de la barra.
—El espectáculo se lo vamos a dar a él —replicó el otro.
—Tranquilos, tranquilos, muchachos —dijo Rebus alzando las manos en plan conciliador y retrocediendo—. Ya le comentaré a Barry vuestro sentido de la hospitalidad.
No cayeron en la trampa y siguieron en silencio hasta que el llamado Shug dijo:
—¿Qué Barry?
Rebus se encogió de hombros, dio media vuelta y salió. A los cinco minutos recibió una llamada comunicándole que Derek Linford iba camino del hospital.
Rebus paseaba por el pasillo. No le gustaban los hospitales y aquél menos que ninguno porque era donde habían llevado a su hija Sammy después del accidente.
Poco después de las once salió Ormiston. La Brigada Criminal de Fettes siempre se interesaba por la agresión a un policía.
—¿Cómo está? —preguntó Rebus. No eran los únicos presentes; sentada, con una lata de Fanta en la mano, vio a Siobhan con aspecto de estar traumatizada, y habían ido otros agentes, y hasta Watson y el jefe de Linford de Fettes, este último evitando cruzar la mirada con él y con Siobhan intencionadamente.
—Mal —contestó Ormiston buscando calderilla en los bolsillos para la máquina de café.
Siobhan le preguntó qué le faltaba y le dio unas monedas.
—¿Ha explicado lo que sucedió?
—Los médicos no permiten que hable.
—Pero ¿a ti te lo ha dicho?
Ormiston se incorporó con el vaso de plástico en la mano.
—Le golpearon por detrás y además le patearon por si acaso. Por lo visto tiene el maxilar casi destrozado.