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—No lo sé.
—No pasa nada —añadió él con una risa fallida—. No voy a decirle que hemos hablado de él.
—No es por eso —replicó ella, consciente de que en parte sí lo era—. Es que verdaderamente no lo sé.
—Da igual —Linford parecía decepcionado.
Pero Siobhan sabía que sí le importaba.
Nic Hughes iba en coche por las calles de la ciudad con su amigo Jerry, que no dejaba de preguntarle adonde se dirigían.
—Por Dios bendito, Jerry, pareces un disco rayado.
—Es que me gustaría saberlo.
—¿Y si te digo que no vamos a ningún sitio?
—Es lo mismo que me contestaste antes.
—¿Y hemos llegado a algún sitio? —Jerry no acababa de entenderle—. No. Porque sencillamente vamos en coche, y eso, a veces, es divertido.
—¿Qué?
—Anda, calla, por favor.
Jerry Lister miró por la ventanilla. Habían llegado hasta la circunvalación, para cruzar Gyle y ahora iban camino de Queensferry Road; pero Nic, en vez de volver hacia el centro, se había desviado hacia Muirhouse y Pilton. Vieron a un tipo orinando en una farola y Jerry dijo «ahora verás», bajó el cristal de la ventanilla y al pasar por delante del hombre lanzó un grito espeluznante y se echó a reír mirando por el retrovisor. El tipo soltaba tacos.
—Jerry, aquí son muy mala gente —le advirtió Nic como si él no lo supiera.
A Jerry le gustaba el coche de Nic, un Sierra Cossworth negro reluciente. Al pasar junto a un grupo de chavales, Nic tocó el claxon y les saludó con la mano como si los conociera y ellos miraron atentamente coche, conductor y pasajero.
—Jer, esos chicos, por un coche como éste, serían capaces de matar. Lo digo en serio; se cargarían a su abuela por dar una vuelta en él.
—Entonces será mejor que no te quedes sin gasolina.
Nic le miró.
—Les podríamos, colega —dijo bravucón, por efecto del speed en su organismo y de llevar la cazadora de ante azul—. ¿Que no? —añadió aminorando la marcha y levantando el pie del acelerador—. ¿Quieres que volvamos y...?
—Anda, sigue, ¿vale?
Después hubo unos momentos de silencio; Nic, en las rotondas, acariciaba el volante.
—¿Vamos a Granton?
—¿Quieres ir?
—¿Allí qué hay? —preguntó Jerry.
—Yo no lo sé; eres tú quien lo ha dicho —replicó con una mirada maliciosa—. Damas de la noche, Jer, ¿es eso? ¿Quieres probar con otra? —añadió con la lengua fuera—. Yendo los dos no querrán subir al coche. Las damas de la noche son desconfiadas. Quizá si tú te escondes en el maletero, yo subo a una, la llevo al aparcamiento... Y para los dos, Jer.
—Creí que habíamos decidido... —dijo Jerry Lister humedeciéndose los labios. —¿Decidido, qué?
—Ya sabes —contestó Jerry en tono preocupado.
—Me falla la memoria, colega —replicó Nic dándose un golpecito en la frente—. Es la bebida. Bebo para olvidar y se ve que funciona —añadió con cara de ira cambiando de velocidad—. Sólo que olvido lo que no debo.
—Déjala que se vaya, Nic —dijo Jerry volviéndose hacia él.