Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Estaban en lo alto del sendero, ya frente a las filas de caravanas con las ventanas vacías aguardando la llegada del verano, con las bombonas de gas y los ánimos calmados.

—¿Aquí venía de vacaciones? —preguntó Billie Collins mirando a su alrededor, el monótono campamento y el mar del Norte embravecido, haciendo abstracción de la simple anécdota—. Pobrecillo.

—Reproche final es un buen título —pensó en voz alta—. A mí me costó años entender al clan, inspector. No se esfuerce y busque algo verosímil.

—¿Como qué?

—Evoque el pasado para que esta vez dé resultado.

—Podría colocarme una mesa redonda en mi cuarto de estar. Aunque eso no me convierta necesariamente en Merlín —replicó él.

Fue por la carretera de la costa hasta Kirkcaldy y paró a almorzar en el golf Lundin. El padre de un cliente amigo suyo del Oxford era el dueño del hotel Old Manor y Rebus le había prometido pasar un día por allí. Comió sopa de marisco y pescado del día guisado con sencillez y acompañado de agua mineral, tratando de no escarbar en el pasado, en el pasado de nadie. Después, George hizo de cicerone. Desde el bar se disfrutaba de una vista impresionante del campo de golf completamente rodeado por un mar que moría en el horizonte. Un rayo de sol atravesó las nubes y Bass Rock apareció ante sus ojos como una pepita de platino.

—¿Usted juega? —preguntó George.

—¿Cómo? —replicó Rebus sin apartar la vista del panorama.

—Si juega al golf.

Rebus negó con la cabeza.

—Lo probé cuando era niño pero no se me daba bien–añadió apartando al fin la mirada de la vista—. ¿Cómo puede usted ir a beber al Oxford teniendo aquí esto?

—Yo sólo bebo de noche, John, y cuando oscurece no se ve nada de esto.

Tenía razón. La oscuridad puede hacerte olvidar la más inmediata realidad. La oscuridad engulliría el camping, el campo de golf y la torre de Saint Rule. Engulliría delitos, agravios y remordimientos. Si cedías a su imperio comenzabas a distinguir bultos invisibles para los demás, pero que no podías definir: movimiento tras una cortina, sombras en un callejón.

—¿Ve cómo brilla Bass Rock?

—Sí.

—Es el reflejo del sol en las cagarrutas de las aves —dijo levantándose—. No, quédese aquí, que traeré café.

Rebus siguió junto al ventanal contemplando el magnífico día de diciembre, cagarrutas incluidas, mientras sus pensamientos daban continuas vueltas en la oscuridad. ¿Qué le esperaba en Edimburgo? ¿Querría verle Lorna? George regresó con el café y le dijo que había una habitación libre.

—Me parece que no le vendrían mal unas horas de descanso.

—Por Dios, hombre, no me tiente —respondió Rebus tomándose el café.

18

Los pasillos del hospital tenían una buena insonorización y las enfermeras cruzaban las puertas como flechas mientras los médicos, con sus tablillas sujetapapeles, hacían la ronda. No había camas, sólo salas de espera, cuartos de reconocimiento y despachos. A Derek Linford no le gustaban los hospitales porque había visto morir a su madre en un hospital. Su padre aún vivía pero casi no se hablaban; sólo se llamaban alguna vez por teléfono. En cuanto él tuvo edad de votar y votó a los conservadores, se ganó el repudio del padre. Así era el hombre, tozudo y lleno de rencor absurdo. Derek le había objetado con sorna: «¿Cómo vas a ser tú de la clase trabajadora si hace veinte años que no trabajas?». Era cierto, cobraba una pensión de invalidez permanente por un accidente en la mina. Una invalidez que aparecía a su conveniencia, pero nunca cuando iba al pub con sus amigos. Mientras, la madre se dejó la piel en la fábrica hasta que la enfermedad se la llevó por delante.