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—Muy bueno, señor. Gracias.
Rebus ya no tuvo dudas: Linford llegaría muy lejos en el Cuerpo.
Cuando acabó la reunión, Rebus le dijo a su compañero que lo alcanzaría más tarde y volvió a llamar a la puerta del despacho de Watson.
—¿No habíamos terminado? —El Granjero revisaba unos papeles.
—Me marginan y eso no me gusta —dijo Rebus.
—Pues haga algo.
—¿Como, por ejemplo?
El Granjero alzó la vista.
—Quien lleva el caso es Derek. Tiene que aceptarlo —dijo tras una pausa—. Si no, pida un traslado.
—No quisiera perderme su jubilación, señor.
Watson dejó el bolígrafo.
—Mire, éste será seguramente mi último caso y considero que Linford está perfectamente capacitado.
—¿Es que no confía en mí, señor?
—Usted siempre hace las cosas a su manera, John. Ése es el problema.
—Todo lo que conoce Linford es su escritorio de Fettes y los culos que debe lamer.
—No es lo que piensa el ayudante del comisario —replicó Watson recostándose en el asiento—. ¿No será que tiene algo de envidia, John, porque es un inspector joven que está ascendiendo rápido...?
—Sí, claro, yo siempre ando a la caza del ascenso —dijo Rebus yendo hacia la puerta.
—John, esta vez trabaje en equipo. Si no, se verá marginado.
Rebus cerró la puerta sin escuchar el final de la frase. Linford le estaba esperando al fondo del pasillo con el móvil pegado a la oreja.
—Sí, señor, ahora mismo vamos —mientras escuchaba alzó una mano para indicarle a Rebus que en un minuto estaba con él, pero Rebus, sin hacerle caso, siguió a paso rápido hasta la escalera y mientras bajaba oyó la voz de Linford:
—Creo que se comportará, señor, pero en caso contrario...
Rebus le pidió al vigilante que se fuera, pero el hombre no se movió y les miró nervioso.
—Le digo que puede irse.
—¿Adónde? —replicó el vigilante con voz temblorosa—. Mi oficina es ésta.
Era cierto. Estaban los tres sentados en la caseta de entrada al solar del Parlamento. Había un grueso libro de registro en la mesa, que Linford estudiaba minuciosamente. Contenía los nombres de todas las visitas a la obra desde que los trabajos habían comenzado. Linford tenía a mano su bloc de notas, pero no había apuntado ni un solo nombre.
—Pensaba que querría irse a casa —dijo Rebus al vigilante—. ¿No tiene sueño?
—Ah, claro que sí —balbució el hombre.
Probablemente creía que podía perder el empleo. Era mala imagen para la empresa de seguridad que apareciese un muerto en las obras. Era un trabajo mal pagado que solía aceptar gente sin familia y desesperados. Al decirle Rebus que comprobarían sus antecedentes dado que en las empresas de seguridad había muchos ex presidiarios, el hombre reconoció que había pasado una temporada en la cárcel, calificada por él como «hotel de la cadena Windsor», pero juró que no había entregado ninguna llave y que no era cómplice de nadie.
—Ande, váyase —repitió Rebus. El hombre se marchó y él lanzó un profundo suspiro y estiró las vértebras—. ¿Encuentras algo?