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—¿El señor Importante? —preguntaron Wylie y Hood al unísono.
El bar Oxford estaba lleno cuando entró Rebus. Ya había tomado una copa en The Malting pero se había marchado antes de la hora de aluvión de estudiantes; y llevaba otras dos copas de Swany's en Causewayside, donde se tropezó con un antiguo colega recién jubilado.
—Estás hecho un chaval —le dijo Rebus en broma.
—Tengo la misma edad que tú, John —replicó el otro.
Pero él no llevaba treinta años en el Cuerpo porque había ingresado con veintitantos años. Dos o tres años más, y podría dedicarse al ocio. Pagó una ronda y salió a afrontar las gélidas ráfagas invernales. Los faros de los coches horadaban la oscuridad y la lluvia recién caída se convertía en hielo. Era un paseo de quince minutos hasta casa. En la otra acera vio un taxi repostando en la estación de servicio.
Jubilarse. La palabra iba y venía en su cabeza. Dios, ¿qué sería de su vida? A unos los jubilaban y a otros los despedían. Pensó en Watson y decidió llamar al taxi para que le llevase al Oxford.
No estaban Doc ni Salty, los habituales con quien él tomaba copas, pero vio muchas caras que conocía. El lugar zumbaba y en el salón casi no podía uno moverse. Había fútbol en la tele; jugaba un equipo del sur. Allí, junto a la puerta, vio a otro cliente habitual llamado Muir, que le saludó con una inclinación de cabeza.
—¿No tiene tu mujer una galería de arte? —preguntó Rebus. Muir hizo otra inclinación de cabeza—. ¿Vende cosas de Alicia Rankeillor?
—Bien quisiera —replicó Muir con un bufido—. Las cosas de Rankeillor, como tú las llamas, se cotizan en miles de libras. Todos los coleccionistas quieren cuadros suyos, sobre todo de los años cuarenta y cincuenta. Incluso los pocos grabados que tiene se venden a mil y a dos mil libras. ¿Conoces a alguien que quiera vender pinturas suyas? —añadió Muir alzando la vista.
—Ya te lo diré.
Atendían la barra las dos Margarets, yendo y viniendo en su estrecha reclusión. A Rebus le sirvieron su Indian Palé y él pidió un whisky para acompañarla. Oyó música en el salón de atrás; se distinguía la guitarra acústica y una voz de mujer joven. Pero su dúo favorito lo tenía allí en el mostrador: una cerveza y un whisky. Le echó un poco de agua para rebajarlo y dio un trago prolongado para enjugarse la boca. Una de las dos Margarets regresó hasta él con el cambio.
—Ahí dentro hay una amiga suya —dijo.
—¿La cantante? —preguntó Rebus frunciendo el entrecejo.
La mujer sonrió y negó con la cabeza.
—Está junto a la máquina de tabaco —dijo.
Rebus miró hacia donde decía y vio un muro de cuerpos. La máquina ocupaba un recoveco tres escalones antes de la entrada a los servicios, junto a la tragaperras, pero no veía más que espaldas masculinas, lo que significaba que hacían corro a alguien.
—¿Quién es?
Margaret se encogió de hombros.