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Rebus se maldijo por ser un cabrón insensible, corto de miras, poco sutil y retorcido.
En ese momento entró Grant Hood enarbolando la foto reconstruida que ella le arrebató para examinar detenidamente, tras lo cual se echó a reír.
—No se parece en nada, maldito imbécil —dijo.
«Imbécil»: un apelativo que nunca le habían dado. Cogió el papel de su mano y vio que era una buena reconstrucción, pero había que reconocer que no se parecía en nada al personaje de los retratos del estudio de Alicia Grieve: aquél no era su hijo. Era un rostro totalmente distinto, con otro color de pelo... y los pómulos, la barbilla y la frente. No, el esqueleto de la chimenea no era Alasdair Grieve.
Habría sido demasiado fácil. Su propia vida nunca había sido fácil y no había razón para suponer que podía cambiar en ese momento.
Wylie se asomó a la puerta atraída por aquellas risotadas poco habituales en una comisaría.
—Creyó que era Alasdair —dijo Lorna Grieve señalando a Rebus—. ¡Me dijo que mi hermano estaba muerto! ¡Como si no hubiera bastante con uno! —exclamó echando fuego por los ojos—. Bien, ya se ha divertido, me imagino que estará contento —añadió saliendo como una tromba del despacho.
—Acompáñala hasta la salida —dijo Rebus a Wylie—, y toma... —añadió agachándose a coger las bolsas—. Dáselas.
Ella se le quedó mirando.
—¡Vamos! —gritó Rebus.
—Lo que usted mande —musitó Wylie.
Cuando se fue, Rebus se dejó caer en su silla y se pasó las manos por el pelo. Grant Hood no le quitaba ojo.
—No esperarás consejos, supongo —dijo Rebus.
—No, señor.
—Porque si los esperas, el mejor que puedo darte es que te fijes en lo que yo hago para esforzarte en hacer totalmente lo contrario. Puede que así llegues a algo —dijo pasándose las manos por la cara y mirando el retrato.
—¿Quién demonios eres? —comentó, sin saber exactamente por qué, pero estaba seguro de que Mojama era la clave no sólo del suicidio de Hastings y de las cuatrocientas mil libras, sino del asesinato de Roddy Grieve y... tal vez de mucho más.
Se sentaron en el reducido cuarto de interrogatorio con la puerta cerrada. En la comisaría comenzaban a llamarlos «la familia Manson», «la logia», «el club de los marchosos». Hood estaba sentado en la esquina con un ordenador de extraña pantalla de fondo negro y letras naranja. Les previno de que los discos podían estar estropeados. Rebus, Wylie y Clarke ocupaban el perímetro de la mesa con las cajas de archivadores en el suelo y delante de ellos la imagen de la reconstrucción por ordenador del muerto de Queensberry House.
—¿Sabéis lo que tendremos que hacer? —dijo Rebus.
Wylie y Clarke intercambiaron una mirada escéptica por lo de «tendremos».
—Buscar en el registro de personas desaparecidas —dijo Wylie— a ver si hay una foto que se le parezca.
Rebus asintió con la cabeza y Wylie movió la suya de un lado a otro desalentada, mientras Rebus se volvía hacia Hood.