Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Se levantó y cambió a Bowie por Tom Waits. Blue Valentine, grabado antes de entrar en decadencia. Triste, sórdido y perfecto. Waits conocía los recovecos podridos del alma, y aunque la manera de cantar era pretenciosa, la letra salía del corazón. Él le había visto en un concierto; se notaba que no era actor y sus letras sonaban algo a falso, por tratar de vender una imagen de sí mismo, un producto empaquetado para consumo público. Era algo que hacían constantemente las estrellas del pop y los políticos. Los políticos actuales carecían de opinión y de color. Eran simples ventrílocuos, maniquís, a quienes otros elegían la ropa, con los colores a juego y «con mensaje». Se preguntó si Seona Grieve sería distinta; pero lo dudaba. A los que piensan de otro modo les cuesta abrirse camino, y tenía la impresión de que Seona Grieve era demasiado ambiciosa para triunfar con esfuerzo. No se dejaría vendar los ojos; se dedicaría a trabajar con tesón en su papel de viuda. Él había bromeado con Linford a propósito de los móviles de la viuda. Móvil, medios y oportunidad: la trilogía del crimen. Su auténtico problema era ése: los medios, porque no veía en Seona Grieve a alguien capaz de matar a martillazos. Aunque, si no era tonta, ésta sería el arma que habría utilizado, difícilmente vinculable a su personalidad.

Linford no se apartaba de la calle principal siguiendo los indicadores del procedimiento de investigación, mientras que él había tomado un camino accidentado. ¿Y si el suicidio de Fred Hastings no tenía relación con Roddy Grieve? A lo mejor ni guardaba relación con Queensberry House. ¿No estaría persiguiendo sombras tan inconsistentes como el rastro del haz de una linterna sobre el techo? Nada más terminar la canción sonó el teléfono y se llevó un sobresalto.

—Soy Siobhan. Creo que hay alguien que me espía.

Rebus pulsó el botón del portero automático y ella abrió la puerta después de comprobar que era él. Cuando llegó a su piso ya tenía la puerta abierta.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó.

Pasaron al cuarto de estar y advirtió que estaba más tranquila de lo que esperaba.

En la mesita de centro había una botella de vino de la que faltaba un tercio junto a un vaso mediado. Por el olor, notó que había cenado comida india, pero no vio ningún plato ni cubiertos. Había recogido.

—He estado recibiendo llamadas...

—¿Qué clase de llamadas?

—De esas que no dicen nada y cuelgan. Dos o tres veces al día. Si no estoy en casa, esperan a que se conecte el contestador y cuelgan. Quien sea lo hace expresamente para que quede grabado.

—¿Y cuando estás en casa?

—Lo mismo, cuelgan sin decir nada. He llamado al 1471, pero siempre dicen que no pueden revelar el número. Luego, esta noche...

—¿Qué?

—Pues que he tenido la impresión de que me observaban desde enfrente —dijo señalando con la cabeza hacia la ventana.

Rebus miró hacia las cortinas echadas, se acercó a la ventana, las entreabrió y miró a la casa de enfrente.