Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Se había congregado gente ante la iglesia; morbosos al acecho de personajes para pedir autógrafos y fotógrafos impacientes por alcanzar el cierre de edición, con sus cámaras y objetivos mojados por la lluvia. Había dos camiones de cadenas de televisión, la BBC y una independiente. Sólo los invitados tenían acceso al camposanto y la policía vigilaba el recinto, pues la seguridad era obligada con tal asistencia de personajes. Siobhan Clarke estaba entre el público del exterior, observando disimuladamente.

El oficio se le hizo largo a Rebus. Aparte del sermón, hubo los discursos de rigor de las personalidades y, como era igualmente protocolario, los primeros reclinatorios los ocupaba la familia directa del finado. Peter Grief, invitado a sentarse con sus tías y tíos, prefirió estar al lado de su madre dos filas más atrás. Rebus vio a Jo Banks y a Hamish Hall cinco filas por delante de él. El ayudante del jefe de policía, Colin Carswell, lucía su mejor uniforme y daba la impresión de estar algo molesto por no tener reservado un hueco en aquella primera fila en que se apiñaban tal número de ilustres invitados distinguidos que tenían que levantarse y sentarse todos a la vez en un movimiento simultáneo.

Los discursos se sucedieron en la nave central llena de coronas de flores. El antiguo director del colegio de Roddy Grieve pronunció el suyo con voz entrecortada y queda mientras los carraspeos de los asistentes ahogaban la mitad de sus frases. El ataúd, de roble oscuro pulido y brillantes asas de latón, que descansaba sobre un caballete, había llegado en un venerable Rolls–Royce, convertido en coche fúnebre para la ocasión. Las calles adyacentes eran un atasco de limusinas, algunas de ellas con la bandera nacional de los consulados de Edimburgo. Cammo Grieve dirigió a Rebus una especie de rictus como saludo. Él se había encargado de organizar el funeral aportando listas de nombres y coordinándolo con los funcionarios. Después del sepelio hubo un refrigerio en un hotel del sector oeste para invitados selectos: familiares y amigos íntimos, con presencia policial, igualmente, pero otra vez de agentes de la Brigada Criminal escocesa.

En el momento en que entonaban otro himno Rebus se deslizó entre el gentío y fue al camposanto. La tumba estaba a unos ochenta metros en una propiedad familiar donde reposaban los restos del padre del difunto y de varios abuelos. Ya habían cavado la fosa, rodeada de trozos de paño verde. Se veía en el fondo agua de la neviza y, a un lado, el montón de tierra y barro. Rebus se alejó a fumarse un cigarrillo paseando por la zona y cuando acabó, no sabiendo qué hacer con la colilla, la apagó y la guardó en la cajetilla.

Oyó que subía el volumen de la música de órgano al abrirse las puertas de la iglesia. Se alejó de la tumba y fue a situarse entre unos chopos. Al cabo de media hora todo había terminado. No quedaban llantos, ni pañuelos, corbatas negras y miradas al vacío. Los dolientes se habían marchado llevándose las emociones y sólo quedaba la tarea de los sepultureros afanados en llenar la fosa. Se oyó el golpe de las puertas de los coches, los motores poniéndose en marcha y el lugar quedó vacío en cuestión de minutos. El cementerio recuperó su paz habitual sin voces ni llantos, sólo quedó el graznido desvergonzado de los cuervos y el ruido sordo de las palas.