Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—Bueno, ¿y qué le dijiste tú a Linford?

—Va a enviarte sus disculpas por escrito.

—¡Qué generosidad la suya! —hizo una pausa—. ¿Tú crees que lo hará?

—Yo creo que está arrepentido de lo que hizo.

—Únicamente porque puede afectar a su triunfal carrera.

—Puede que tengas razón. De todos modos...

—¿Crees que debo olvidarlo?

—No es eso, pero Linford sigue sus propias pistas y con un poco de suerte eso le tendrá apartado de ti. Creo que le has metido miedo —añadió mirándola.

—Debería tenerlo —replicó ella sardónica alzando otra vez la taza—. Pero me parece estupendo que procure evitarme; yo también lo haré.

—Me parece muy bien.

—Crees que esta pista no va a ninguna parte, ¿verdad?

—¿La de Hastings? —ella asintió con un gesto—. No lo sé, en Edimburgo nunca se sabe —dijo Rebus.

Blair Martine les esperaba cuando volvieron al despacho del abogado. Era un hombre mayor rechoncho, con traje de raya diplomática y reloj de bolsillo con cadena de plata.

—Siempre me intrigó si el fantasma de Freddy Hastings vendría a rondarme —dijo.

Tenía en la mesa un montón de carpetas de papel manila y unos sobres atados con cordel. Al rozar con los dedos la carpeta que estaba encima se le llenaron de polvo.

—¿Qué quiere usted decir?

—Bueno, nunca fue un caso para la policía, pero un misterio sí, porque desapareció de la noche a la mañana.

—Con los acreedores pisándole los talones —añadió Rebus.

Martine hizo un gesto escéptico. Se notaba que había almorzado opíparamente; tenía las mejillas encendidas y el chaleco a punto de estallar. Al recostarse en el asiento Rebus temió que los botones le saltaran.

—Fondos no le faltaban a Freddy —dijo el hombre—. Eso no quita que hiciera malas inversiones, que las hizo. Pero en cualquier caso... —dijo dando una palmadita en las carpetas.

Rebus estaba impaciente porque se las enseñara, pero estaba seguro de que Martine alegaría la reserva confidencial hacia el cliente.

—Cierto que dejo una serie de deudas —añadió el abogado—, pero ninguna muy importante. Tuvimos que disponer la venta del piso, del que obtuvimos un buen pico, aunque se habría podido conseguir más.

—¿Suficiente para cancelar deudas? —preguntó Siobhan.

—Sí, más nuestros honorarios. La desaparición de una persona genera muchos gastos —dijo con una pausa.

Se guardaba algo en la manga. Rebus y Siobhan callaban, seguros de su deseo de descubrir la carta escondida. Finalmente, el abogado se inclinó apoyando los codos en la mesa.

—Reservé una cantidad para sufragar los gastos de almacén —añadió en tono conspiratorio.

—¿De almacén? —repitió Siobhan.

El abogado se encogió de hombros.

—Pensé que Freddy volvería algún día. No le daba por muerto. Por cierto, ¿cuándo es el entierro? —añadió con un suspiro.

—De allí venimos —contestó Siobhan, omitiendo que sólo había asistido media docena de personas.

Un entierro rápido, sin elogio funerario del finado por parte del cura; un entierro de pobre, aunque el difunto no era precisamente pobre.

—¿Qué hay almacenado exactamente? —preguntó Rebus.

—Efectos personales que tenía en el piso; desde lapiceros hasta una magnífica alfombra persa.