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—Hay un tiempo y un lugar para las bromas, caballeros —era la voz de Linford, que, aunque más joven que los patólogos, les hizo callar por el tono en que lo dijo. Linford dirigió acto seguido una mirada a Rebus—. Buenos días, John.
Rebus se acercó a él.
—Bien que me has avisado del cambio de programa —comentó.
—¿Hay algún problema? —replicó Linford parpadeando.
Rebus le miró.
—No, ningún problema.
Además de ellos dos estaban presentes dos auxiliares del hospital, un fotógrafo de la policía, un miembro de la policía científica y un hombre trajeado de la fiscalía con cara de estar a punto de vomitar. En las autopsias siempre había observadores dedicados a tomar notas según su cometido o a aguantarlas conteniendo los nervios.
—Inicié la necropsia este fin de semana —dijo Gates para los observadores— y puedo afirmar que, a juzgar por el deterioro, nuestro amigo debió de morir entre finales de los setenta y principios de los ochenta.
—¿Se ha analizado la ropa? —preguntó Linford.
—La hemos enviado a Howdenhall esta mañana —contestó Gates asintiendo con la cabeza.
—Eran unas prendas de hombre joven —añadió Curt.
—O de uno más mayor que pretendía ir a la moda —dijo el fotógrafo.
—Desde luego, en el cabello no se apreciaban canas, aunque ello no sea determinante en sí —dijo Gates mirando al fotógrafo para darle a entender que su comentario no venía a cuento—. El laboratorio precisará más la fecha de la muerte.
—¿De qué murió? —preguntó Linford.
Gates normalmente castigaba las impaciencias, pero se contentó con lanzar una mirada al joven inspector.
—Fractura craneal —dijo Curt señalando la zona con un bolígrafo—. Claro que podría tratarse de una herida posmortem —su mirada se cruzó con la de Rebus—. Ya veremos con arreglo a los datos que recoja la científica en el escenario del crimen.
—Estamos en ello —dijo el representante de la policía científica anotando algo en su grueso bloc.
Rebus sabía lo que buscarían: el arma del crimen en primer lugar y posibles rastros de sangre. La sangre se pega por todas partes.
—¿Cómo fue a parar a la chimenea? —preguntó.
—No es problema nuestro —dijo Gates sonriendo a Curt.
—¿Hay que considerarla una muerte sospechosa? —preguntó el de la fiscalía con voz de barítono en contraste con su baja estatura y delgadez.
—Yo diría que sí, ¿no le parece?
Gates se incorporó ruidosamente un instrumento sobre la bandeja metálica. En ese momento Rebus advirtió que el patólogo sostenía algo en la mano enguantada. Algo arrugado del tamaño de un melocotón.
—Esto es el corazón —dijo Gates examinándolo.
—Usted que no estaba al principio —comentó Curt a Rebus—, sepa que tenía un corte profundo en la piel de la caja torácica. Tal vez las ratas...
—Sí, ratas con puñal —dijo Gates mostrando el órgano a su colega—. Es una incisión de dos centímetros y medio, posiblemente de un cuchillo de cocina, ¿no cree?
—Muerte sospechosa —murmuró el de la fiscalía anotándolo en el bloc.
—Debías haberme avisado —dijo Rebus entre dientes en el aparcamiento del hospital reteniendo a Derek Linford, que quería volver a la Casa Grande.