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—¿Sandra?
—Sí.
—Pensé que habías ido de compras. Soy Siobhan Clarke.
—Ah.
Sandra Carnegie no parecía muy complacida de su llamada.
—Creemos que han matado a tu agresor.
—¿Cómo?
—Lo apuñalaron.
—Estupendo. Que den una medalla al que lo hizo.
—Por lo visto fue el cómplice. Le detuvimos cuando huía por la AI hacia Newcastle, y en un arrebato de remordimiento lo confesó todo.
—¿Vais a acusarle de homicidio?
—Vamos a acusarle de cuanto podamos.
—¿Y tendré que atestiguar yo?
—Es posible. Pero son buenas noticias, ¿no?
—Sí, estupendas. Gracias por avisarme.
Siobhan se quedó con el teléfono en la mano; había cortado. Profirió un exabrupto. Su ansiado triunfo del día se desvanecía.
—Déjame —dijo Rebus.
—Muy bonito. Te dejaré —dijo Siobhan cogiendo una silla, sentándose frente a él y sacando los brazos del abrigo.
Se había llevado su zumo de naranja con gaseosa al salón trasero del bar Oxford. El principal estaba lleno de clientes del sábado por la tarde mirando el partido, pero allí atrás estaba tranquilo y no molestaba la televisión. Había un solo cliente junto a la estufa leyendo el Irish Times. Rebus tomaba un whisky y en la mesa no había vasos vacíos, lo que simplemente significaba que era él quien se acercaba a la barra para que le llenaran el vaso.
—Creí que habías comenzado a reducir la dosis —dijo ella; él se limitó a mirarla—. Bueno, perdona, me olvidaba de que el whisky es la solución a todos los problemas.
—No es más absurdo que la meditación yogui —dijo él llevándose el vaso a los labios y haciendo una pausa—. Bueno, ¿qué quieres? —añadió dando un sorbo y dejando que el calor del alcohol le cosquilleara en la boca.
—He ido a ver a Derek.
—¿Cómo está?
—No habla.
—El pobre cabrón no puede.
—Pero no es sólo eso.
Rebus asintió despacio.
—Lo sé. No se puede negar que tiene razón.
—¿Qué quieres decir? —replicó ella. Una raya vertical arrugó su frente.
—Fui yo quien le dijo que vigilase a los hombres de Hutton y con ello le induje a seguir a un asesino.
—Pero tú no pensabas que fueran a...
—¿Cómo lo sabes? A lo mejor quería que le zumbaran.
—¿Por qué ibas a quererlo?
—Para que aprendiera —Rebus se encogió de hombros.
Siobhan pensó en preguntarle si simplemente por humillarle o como castigo por haber estado espiándola, pero calló y dio un trago al zumo.
—¿Es que tú mismo dudas?
Rebus fue a encender un cigarrillo pero cambió de idea.
—¿Y yo qué? —dijo ella.
Rebus negó con la cabeza y volvió a guardar el cigarrillo en el paquete.
—La verdad es que hoy ya he fumado muchos. Además, estoy en minoría porque Hayden tampoco fuma —añadió señalando con un gesto al que leía el Irish Times.
El hombre sonrió al oír su nombre.
—Se agradece el detalle —dijo y siguió enfrascado en el periódico.
—Bueno, ¿y ahora qué? —dijo Siobhan—. ¿Estás suspendido de empleo?
—Primero tienen que demostrarlo —contestó Rebus jugueteando con el cenicero—. He estado reflexionando sobre el canibalismo y el hijo de lord Queensberry.