Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Llevaban quince años casados. Quince años y sin hijos. ¿Cómo pensaba ella en tener hijos estando él en el paro? De eso era aquella carta que había llegado por la mañana: para que se presentara. Sabía por qué. Querían comprobar si hacía algo por encontrar trabajo. Ni puta gana. Y ahora Jayne volvía a acosarle: «Que el reloj no para, Jer». Lo decía con doble sentido: porque se le pasaba el plazo de la maternidad y porque cualquier día se largaba si no tenían hijos. Ya lo había hecho una vez, yéndose a casa de su madre tres calles más allá. Pues que se quedara a vivir allí...

Si se quedaba en el piso se volvería loco. Se limpió la crema de la cara, se puso la camisa, cogió la chaqueta y salió. Anduvo dando vueltas a ver si veía a alguien con quien hablar y después entró en un despacho de apuestas a pasar media hora caliente simulando que rellenaba boletos. Le conocían y sabían que era poco probable que él apostase algo; a veces lo hacía pero nunca ganaba nada. Entraron a dejar el periódico y le echó una ojeada. En la página tres aparecía la noticia de una agresión sexual. La leyó detenidamente. Era una estudiante de diecinueve años sorprendida en el aparcamiento de la piscina Commonwealth. Tiró el periódico y salió a buscar una cabina.

Llevaba en el bolsillo el teléfono de la oficina de Nic porque a veces le llamaba cuando estaba aburrido y arrimaba el transistor al teléfono para que escuchara alguna música de las que ellos bailaban cuando jóvenes. Pidió a la telefonista que le pusiera con el señor Hughes.

—Nic, tío, soy Jerry.

—Hola, colega, ¿qué quieres?

—Acabo de leer el periódico, Nic. Anoche atacaron a una estudiante.

—Qué mundo tan cruel.

—Dime que no has sido tú.

Oyó una risa nerviosa.

—No tiene gracia, Jerry.

—Dímelo.

—¿Dónde estás? ¿Hay alguien que escuche? El modo en que lo decía le hizo pensar. Nic quería advertirle que alguien podía escucharles, tal vez la telefonista. —Luego hablamos —dijo Nic.

—Tío, perdona...

Habían colgado.

Temblaba al salir de la cabina y fue corriendo hasta su casa; se lió otro porro, puso la tele y se sentó a que se apaciguaran los latidos de su corazón. Allí no corría peligro; no podía pasarle nada. Era el único sitio en que podía estar.

Hasta que volviera Jayne.

Siobhan Clarke encargó al Registro Civil que comprobaran si existía certificado de nacimiento a nombre de Chris Mackie. También empezó a investigar sobre él, concentrándose en Grassmarket y Cowgate, y además en Meadows, Princes Street y Hunter Square.

Aquel martes por la mañana, sin embargo, estaba en la sala de espera de un médico rodeada de dolientes enfermos. Oyó su nombre y dejó la revista femenina de artículos cutres sobre cocina, modas y niños.

¿No habría una revista para ella que hablara del His FC, relaciones fallidas y homicidios?

El doctor Talbot era un cincuentón de sonrisa cansina que usaba gafas de media luna. Tenía encima del escritorio el expediente de Chris Mackie, pero comprobó la documentación de Clarke, certificado de defunción y autorización, y luego le dijo que arrimase la silla a la mesa de despacho.