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—Dios santo —musitó cerrando los ojos.
Tenía tortícolis y le dolía la espalda. Volvió a mirarse en el espejo. «¿Lo hicimos?» «Sí, lo más seguro es que sí.» Cerró otra vez los ojos. «¡Hostia, John!, ¿cómo has podido acostarte con Lorna Grieve?» Veinte años atrás habría dado saltos de contento; pero veinte años antes ella no estaba implicada en un caso de homicidio.
Cerró los grifos y se metió en la bañera dejándose resbalar para que el agua le cubriera la cabeza. Tal vez bastaría con aguantar un poco y todo habría acabado, pensó. Su primera equivocación con la bebida la había cometido hacía treinta años al salir de un baile estudiantil.
Y no escarmentaba, pensó, sacando la cabeza para respirar. A partir de ahora se sentiría vinculado a los Grieve, sería como un fleco más de su historia.
Y si Lorna lo divulgaba también él pasaría a la historia.
SEGUNDA PARTE
MALOS SUEÑOS EN LA OSCURIDAD
16
Jerry inició su rutina matinal en cuanto Jayne se fue a trabajar. Té, tostadas, el periódico y al cuarto de estar a oír unos discos punk de cuarenta y cinco de su adolescencia que le ponían bien para la jornada. Los de arriba darían golpes en el techo pero él les haría un corte de mangas y seguiría bailando. Tenía unos cuantos preferidos: Your generation [Tu generación], de Generation X; Don't Care [No te preocupes], de Klark Kent; y Where's captain Kirk? [¿Dónde está el capitán Kirk?], de Spizzenergi. Eran discos con portadas sobadas y era una pena lo rayados que estaban de prestarlos para fiestas. Aún recordaba el día que se colaron en un concierto de Los Ramones en la universidad en el setenta y ocho.
El single de Spizz era de mayo del setenta y nueve; tenía la fecha de compra garabateada por detrás. En aquella época él ponía la fecha en los discos y hacía anotaciones. Se compraba todas las semanas uno de los últimos éxitos, de lo mejor que sonaba; aunque no todos los compraba. Virgin, en Frederick Street, había sido la gloria para robar. Lo que no sucedía en Bruce's. El encargado de Bruce's se había ido de manager con los Simple Minds, que él había visto actuar cuando se llamaban Johnny y los Masturbadores.
Entonces todo valía la pena y tenía importancia, y los fines de semana la adrenalina te emborrachaba.
Lo único que le quedaba era el baile. Se dejó caer en el sofá. Tres discos y ya estaba hecho polvo. Se lió un porro y encendió la tele a sabiendas de que no pondrían nada que valiera la pena. Jayne hacía turno doble y no volvería hasta las nueve o las diez. Tenía doce horas por delante para fregar los platos. Había días en que le comía el gusanillo de volver a trabajar; verse sentado en una oficina, con traje y corbata tal vez, y a lo mejor adoptando decisiones y atendiendo llamadas al teléfono. Nic le contaba que tenía una secretaria. ¡Una secretaria! ¿Quién lo hubiera dicho? Se acordaba de cuando iban al colegio dando patadas a un balón por el callejón y haciendo imitaciones punk en el dormitorio. Bueno, sobre todo en el suyo, porque la madre de Nic ponía mala cara a las visitas y torcía el gesto al abrirle la puerta. La tía ya había muerto; su cuarto de estar olía a los puros Hamlet que fumaba el marido, la única persona que él conocía que no fumaba cigarrillos: tenían que ser puros. Contuvo la risa sin dejar de manipular el mando a distancia, contuvo la risa. ¡Puros! ¿Quién se creía que era? El padre de Nic gastaba chaquetas de punto y corbata... Elsuyo llevaba casi siempre chaleco y un cinturón que utilizaba para administrar justicia. Pero su madre era estupenda. De ninguna manera habría cambiado a sus padres por los de Nic.