Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Rebus asintió con la cabeza.

—Sí, después de retirarse Callan a la Costa del Sol o un sitio así. Aunque no ha dejado de estar presente.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Wylie.

—Se rumorea que parte del producto del negocio de Cafferty sigue yendo a parar a España. Bryce Callan se ha convertido casi en... —no le salía la palabra.

Oyó otra estrofa que llegaba desde el salón: «Vuelvo a pensar en cosas no expresadas».

—¿Un mito? —aventuró Wylie.

Rebus asintió y miró el escaparate de la barbería de la acera de enfrente.

—Supongo que porque no conseguimos encerrarle.

—¿Por qué motivo se pondría Dean Coghill a malas con él?

—Por asuntos de protección tal vez —contestó Rebus encogiéndose de hombros—. En una obra se puede hacer mucho daño. Y en esos grandes proyectos hay mucho dinero en juego y unos días de trabajo suspendido representan grandes pérdidas.

—Entonces, habrá que localizar a Coghill —dijo Hood. —Suponiendo que acepte hablar con nosotros —agregó Wylie.

—Esperad a que averigüe dónde vive Bryce Callan —dijo Rebus.

«Ahora ha vuelto el pasado, insistente, surge de la oscuridad, ten mucho cuidado y mira dónde vas...»

—Mientras tanto —prosiguió— a ver si encontráis los archivos de personal de su empresa porque tendremos que saber quiénes trabajaron en esa obra.

—¿Y si alguno no aparece? —preguntó Hood.

—Doy por supuesto que haréis una búsqueda en el registro de personas desaparecidas.

Wylie y Hood cruzaron una mirada en silencio.

—Es un trabajo ímprobo, pero hay que hacerlo —dijo Rebus—. Siendo dos tardaréis menos.

—¿Podemos centrar la búsqueda en los últimos meses del setenta y ocho y los tres primeros del setenta y nueve?

—En principio sí. ¿Queréis tomar algo? —añadió mirando al pub.

Wyllie negó inmediatamente con la cabeza.

—Preferimos ir al Cambridge, que es más tranquilo.

—Muy bien.

—Ahí dentro —señaló con un gesto— se está como en el cuarto de escobas que nos han dado por despacho.

—Me lo han comentado —dijo Rebus sosteniendo la mirada reprobatoria de Wylie.

—Señor, esa mujer... —añadió ella bajando la vista—, ¿no es...?

—Nos hemos encontrado aquí por casualidad —comentó Rebus.

—Sí, claro —añadió ella asintiendo despacio con la cabeza y echando a andar sin mirarle a la cara.

Hood le dio alcance y Rebus se quedó contemplándolos con la puerta entreabierta. Andaban con las cabezas juntas y seguro que él iba preguntándole quién era la mujer. Si el rumor llegaba a Saint Leonard, ya sabría de dónde procedía. Y ése sería el final del equipo de arqueólogos.

Se despertó a las cuatro con la lámpara de la mesilla encendida y el edredón caído a los pies de la cama; oyó el ruido de un motor en la calle y fue tambaleándose a la ventana a tiempo de ver una forma oscura subiendo a un taxi. Fue a tientas al cuarto de estar manteniendo el equilibrio. Le había dejado un regalo: una maqueta con cuatro canciones de los Robinson Crusoe titulada Naufragio del corazón. No era de extrañar dado el nombre del grupo. La última canción era Reproche final. La puso y escuchó un par de minutos a bajo volumen. En el suelo, junto al sofá, había una botella vacía y dos vasos; en uno quedaban aún dos dedos de whisky. Lo olió y lo llevó a la cocina para tirarlo al fregadero y llenarlo de agua, que bebió de un trago. Acto seguido bebió dos más. Seguro que no se libraba de la resaca, pero haría lo posible por superarla. Se tomó tres paracetamoles con agua y luego se llevó otro vaso al cuarto de baño. Por la toalla colgada de la barra comprendió que se había duchado. Se había duchado antes de llamar al taxi. ¿La habría despertado con sus ronquidos? ¿Habría llegado a dormirse? Se preparó la bañera y se miró en el espejo de afeitarse. Vio un rostro de piel floja desamparado. Se agachó para eructar en el lavabo y estuvo a punto de vomitar las pastillas. ¿Cuánto habían bebido? Ni lo recordaba. ¿Habían ido al piso directamente desde el Oxford? Pensaba que no, y buscó en los bolsillos algún indicio. Nada. Pero de las cincuenta libras que tenía no quedaba más que calderilla.