Contents ( 3)
—Dice que es conocida suya.
—¿No será Siobhan?
Margaret volvió a encogerse de hombros y Rebus estiró el cuello. En ese momento llevaban al grupo otra ronda y se abrió el corrillo. Vio caras conocidas de clientes habituales, sonrisas heladas y humo de tabaco. Y al fondo, relajada y recostada en la máquina tragaperras, Lorna Grieve, llevándose a los labios un vaso grande que a él le pareció de whisky o coñac solo. Ella se pasó la lengua por los labios y al verle sonrió alzando el vaso. Rebus le devolvió la sonrisa levantando también su vaso. De pronto le vino el recuerdo de un día en que volvía del colegio y al doblar la esquina siguiente a la tienda de dulces se topó con un grupo de chicos acosando a una compañera de su curso. No llegó a ver lo que le hacían, pero la mirada de ella se cruzó con la suya y vio que no reflejaba pánico ni placer tampoco.
Lorna Grieve tocó en el brazo a uno de sus admiradores para decirle algo. Era Gordon, uno de Fife como Rebus y de edad como para ser hijo suyo.
Ahora bajaba los escalones y se abría paso tocando discretamente brazos, hombros y espaldas para llegar a su lado.
—Vaya, vaya —dijo—, qué agradable verle aquí.
—Sí, qué agradable —dijo él apurando el whisky.
Ella le preguntó si quería otro, pero Rebus rehusó con un gesto alzando la cerveza.
—Me parece que en este local no había estado nunca —dijo ella recostándose en la barra—. Acaban de contarme que el antiguo dueño no servía a mujeres ni a gente con acento inglés. Creo que me habría gustado.
—No era alguien que gustase de entrada.
—Es lo mejor, ¿no cree? —replicó ella clavándole la mirada—. También me han hablado de usted y voy a tener que dejar de llamarle Hombre mono.
—¿Y eso?
—Porque a juzgar por lo que me han contado, muy poca gente se burla de usted.
—En los bares se dicen muchos cuentos —replicó Rebus sonriendo. ;
—Aquí tienes, Lorna —era Gordon, con otro vaso. Rebus había visto a Margaret llenándolo de Armagnac—. ¿Cómo estás, John? No nos habías dicho que conocías a gente famosa.
Lorna Grieve agradeció el cumplido pero Rebus no hizo ningún comentario.
—Ni a mí me habían dicho que hubiera encantos como tú en Edimburgo —añadió ella— porque, de saberlo, no me habría ido a vivir al campo ni me habría casado jamás con un animal triste como Hugh Cordover.
—No te metas con High Chord —replicó Gordon—. Yo vi a Obscura actuando de teloneros con Barclay James en el Usher Hall.
—Irías todavía al colegio.
—Tendría unos catorce años —dijo Gordon pensativo.
—Somos unos carcamales —dijo Lorna mirando a Rebus.
Pero ella no era ninguna carcamal. Vestía ropa suelta y de vivos colores, lucía un peinado impecable y su maquillaje llamaba la atención. Entre aquellos hombres trajeados de diario, parecía una mariposa rodeada de polillas.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó Rebus.