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Se le acercaron dos tíos fornidos. Lo que le faltaba: que le detuvieran. Se largó a toda velocidad y volvió al mundo exterior con un sol que secaba las calles y en donde todo parecía inquietantemente normal.
—¿Qué me pasa? —se dijo, rompiendo a llorar sin poder contenerse.
Caminó sin rumbo por las calles llorando y apoyándose en las paredes. Caminó y caminó a ciegas hasta que empezó a sudar. Habían transcurrido casi tres horas y había cruzado la ciudad de un extremo a otro.
Era una mañana gris y Rebus aguardó al final de la hora punta para ponerse en marcha.
La cárcel de Barlinnie en Glasgow estaba a la salida de la autopista M8. Si se conocía su ubicación, se distinguía a lo lejos, cuando ibas de Edimburgo a Glasgow. Estaba junto a las casas de Riddrie, pero no había ningún indicador hasta estar cerca de Glasgow. En las horas de visita bastaba con seguir detrás de otros coches y de la gente que iba a pie, casi todos cincuentones tatuados, delgados y demacrados que iban a ver a amigos encerrados; madres afligidas con niños a la zaga y familiares callados que no acababan de entender aquella situación.
Todos en dirección a Barlinnie.
Protegían los bloques Victorianos de celdas unos muros altos de piedra, pero habían renovado la zona de entrada y unos obreros daban los últimos retoques, mientras un funcionario comprobaba si los recién llegados iban drogados, pasándoles por encima el guante mágico que, al dar positivo, indicaba que habían tenido hacía poco contacto con droga, en cuyo caso no se les autorizaba la visita abierta y sólo veían al preso a través de un vidrio. Registraban también las bolsas que quedaban depositadas en una taquilla cerrada y eran devueltas a la salida. Rebus sabía que también habían renovado la zona de visitas con sillas nuevas de diseño y hasta había un espacio de juego para los niños.
Pero en el interior de la cárcel eran las mismas viejas galerías. Tirar orines por las ventanas seguía siendo habitual y el olor penetraba en las celdas. Había dos nuevas alas exclusivamente para delincuentes sexuales y drogadictos, lo que molestaba a los «profesionales», delincuentes veteranos convencidos de que semejante escoria no merecía vivir y menos aún recibir un trato especial.
Otra de las nuevas ampliaciones eran los cubículos para entrevistas de oficio donde los abogados hablaban con sus clientes. Un espacio acristalado pero privado. El ayudante del director, Bill Nairn, expresó a Rebus su satisfacción por las mejoras mientras se las enseñaba y hasta le hizo pasar a uno de aquellos cubículos, donde se sentaron el uno frente al otro.
—Cuánto ha cambiado esto, ¿eh? —dijo Nairn sonriente.
Rebus asintió con la cabeza.
—Conozco hoteles peores —dijo.
Los dos se conocían desde hacía tiempo, cuando Nairn trabajaba en la fiscalía de Edimburgo y, luego, en Saughton, la cárcel de la ciudad, antes de ser destinado a Barlinnie.
—Cafferty no sabe lo que se pierde —añadió Rebus.
Nairn se rebulló en el asiento.