Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

«El reloj no para», como decía Jayne.

«Ya es hora de que crezcas», como decía Nic.

La aguja de los minutos del reloj que había sobre el mostrador corrió otra raya. Lo de mirar el reloj ¿no era lo que se hacía en las oficinas cuando no ves pasar minifalderas? Bueno, en el fondo Nic no estaba tan bien. Llevaba trabajando en la empresa de Barry Hutton ocho años y casi no había tenido aumento de sueldo.

—A veces la relación familiar es una pega. Barry no se atreve a subirme el sueldo para que los demás no digan que como soy de la familia... ¿Comprendes? —le dijo.

Y cuando Cat le dejó:

—El cabrón de Hutton está deseando echarme. Ahora que Cat se ha largado no soy más que un estorbo. ¿Ves lo que me ha hecho Cat, Jerry? Por esa puta voy a perder el empleo. ¡Ella y el cabronazo de su primo!

Estaba rabioso, hecho una furia.

—¡Y eso que era un tío que vivía en una casa de doscientas mil libras y tenía empleo y coche!

¿Quién era el que tenía que crecer? Cada vez pensaba más en ello.

—Me va a echar a la primera oportunidad, Jer.

—Jayne también dice que me va a echar.

Pero Nic no quería saber nada de Jayne y su único comentario fue: «Todas son igual de malas, colega, te lo juro por Dios».

«Todas son igual de malas.»

Volvió a acercarse al mostrador a zancadas. ¿Por quién le tomaban? ¿Por un muñeco, o qué? ¿No estaba formalmente casado? ¿No merecía un poco de respeto?

Allí seguía la mujer, ahora con una taza de café. Jerry notaba la garganta seca y tenía escalofríos.

—Oiga —dijo—, ¿esto es un cachondeo o qué?

La mujer llevaba gafas de montura negra gruesa. Había dejado en el borde de la taza manchas de carmín. Su pelo parecía teñido; era fondona y de mediana edad, decadente, pero estaba en una posición de poder y no iba a consentirle que él lo cuestionara. Le dirigió una sonrisa gélida mirándole y pestañeando, dejando ver el sombreado azul de sus párpados.

—Señor Lister, procure calmarse...

Veía aquel collar en el cuello, hundido en las arrugas de la piel y aquel busto enorme. Dios, nunca había visto semejantes pechos.

—Señor Lister —repitió ella intentando que dirigiera la atención a su rostro, pero él seguía como en trance con las manos aferradas al borde del mostrador.

Se la imaginó en la parte trasera de la furgoneta, atizándole un buen puñetazo en la boca pintarrajeada, arrancándole la blusa y rompiéndole el collar.

—¡Señor Lister!

La funcionaría se levantó de la silla al ver que se inclinaba sobre ella cada vez más. Ahora acudían compañeros suyos alertados por el grito.

—¡Santo Dios! —exclamó él a falta de otras palabras.

Temblaba y le daba vueltas la cabeza. Trató de despejar su mente borrando las brutales imágenes. Se quedaron un segundo mirándose fijamente y él comprendió que ella le había leído el pensamiento.

—¡Oh, Dios mío!