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—Escucha, John, ya sé que pica cuando alguno de ésos sale...
—No es eso, sino por qué ha salido.
—Tiene cáncer.
—Y el jefe de Guinness, Alzheimer.
—¿Qué quieres decir? —replicó Nairn mirándole.
—Que yo lo veo muy pimpante.
—No, John, está enfermo —dijo Nairn negando con la cabeza—. Lo sabes tan bien como yo.
—Yo lo único que sé es que afirma que tú querías quitártelo de encima —Nairn le miró desconcertado—. Porque estaba a punto de hacerse el amo aquí.
Nairn sonrió.
—John, tú acabas de ver la cárcel. Todas las puertas se cierran y no es fácil circular de una galería a otra. Imagínate lo difícil que resultaría dominar las cinco alas.
—Pero siempre se reúnen, ¿no? En el taller de carpintería, en el de textiles, en la capilla... Yo los he visto dando vueltas fuera del recinto.
—Has visto a los de confianza. Y siempre con un guardián. Cafferty no disfrutaba de ese privilegio.
—¿No era quien dirigía el cotarro?
—No.
—Pues, ¿quién, entonces? —Nairn negó con la cabeza—. Vamos, Bill. Aquí hay droga, prestamistas, peleas de bandas. Tienes un contrato para vender como chatarra los objetos de metal, con excepción de la instalación eléctrica. No me digas que de ahí no hacen objetos punzantes para matar.
—Son casos aislados, John. No voy a negarlo; las drogas son un problema grave, pero limitado al fin y al cabo, y no era el ámbito de actuación de Cafferty.
—Pues, ¿de quién?
—Ya te digo que no está organizado así.
Rebus se recostó en la silla y miró a su alrededor; todo estaba recién pintado y había alfombras nuevas.
—¿Sabes qué, Bill? Puedes cambiar la apariencia, pero se tarda mucho más en cambiar las cosas.
—Por algo se empieza —replicó Nairn decidido.
—¿Podría ver la ficha médica de Cafferty? —preguntó Rebus rascándose la nariz.
—No.
—¿Puedes mirarla por mí para que me quede tranquilo?
—Las radiografías no mienten, John. Los hospitales saben detectar muy bien el cáncer. Siempre ha sido una industria productiva en esta costa de miseria.
Rebus sonrió, como era de esperar. En el cubículo de al lado entró un abogado en espera del preso, que llegó poco después. Era joven, parecía desconcertado, y probablemente estaba en prisión preventiva para pasar a juicio aquel mismo día. No le habían declarado culpable, pero él se veía ya entre rejas rodeado de hampones.
—¿Qué tal se comportó? —preguntó Rebus.
Nairn oyó sonar el busca que llevaba en el cinturón y lo desconectó.
—¿Cafferty? —preguntó mirando el aparato—. No muy mal. Ya sabes lo que sucede con esos viejos delincuentes, que cumplen su condena y se conforman con ella como un traslado temporal.
—¿Crees que ha cambiado?
Nairn se encogió de hombros.
—Ya no es tan joven —hizo una pausa—. Supongo que el poder habrá cambiado de manos en Edimburgo durante su estancia aquí.
—Tú bien lo sabes.
—¿Ha vuelto él a las andadas?
—De momento no piensa retirarse a la Costa del Sol.
Nairn sonrió.
—Me viene al recuerdo Bryce Callan. Nunca se le pudo encerrar, ¿verdad?