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Además, después de esperar media hora, resultó que le habían convocado no en la oficina de empleo sino en la Seguridad Social. Era otra media hora de camino y estuvo a punto de volverse a casa, pero algo le retuvo. ¿Podía verdaderamente llamarla su casa? ¿Por qué últimamente se sentía como preso allí, con su mujer de carcelero fastidiándole y agobiándole?
Se dirigió a la Seguridad Social y allí le dijeron que llegaba con una hora de retraso. Trató de explicase pero ellos como si oyeran llover.
—Siéntese. Veremos qué se puede hacer.
Se acomodó entre docenas de acatarrados junto a un viejo con una tos que helaba la sangre en las venas y que escupía en el suelo al final de cada acceso. Se cambió de asiento. El sol le había secado la chaqueta pero la camisa seguía mojada y le hacía tiritar. A saber si no pillaba cualquier cosa. Aguardó sentado unos tres cuartos de hora; no paraba de entrar y salir gente y él fue dos veces al mostrador donde la misma mujer le dijo que estaban tratando de encontrar «un hueco». La boca de ella sí que parecía un hueco, pero estrecho y reprobatorio. Volvió a sentarse.
¿Qué remedio le quedaba? Se imaginó trabajando en una oficina como la de Nic, bonita y acogedora con máquina de café, mirando a las minifalderas pasar por delante de su mesa y una de ellas inclinada ante la fotocopiadora. Hostia, sería la gloria. En aquel momento ya estaría Nic a punto de salir a almorzar en algún sitio de postín con mantel blanco impecable en donde celebraban comidas de trabajo tomando copas y estrechándose la mano. ¿Quién no querría un empleo así? Sí, claro, pero todos no se casaban con la prima del jefe.
Nic le había telefoneado el día anterior por la tarde para echarle la bronca por dejarle colgado la otra noche, aunque al final acabó bromeando, lo que le hizo pensar que eso nunca había ocurrido. Jerry había notado algo: Nic tenía miedo de él. Y de pronto lo entendió: claro, él podía denunciarle y descubrir el pastel. Claro. Por eso Nic tenía que tratarle bien y por eso había acabado tomándose a broma el asunto y diciendo: «Te perdono. Al fin y al cabo somos viejos amigos, ¿no? Los dos unidos frente al mundo».
Salvo que ahora el que parecía estar solo frente al mundo era él, Jerry, pringado en aquel agujero hediondo sin nadie que le echara una mano. Pensó en otros tiempos: «Los dos unidos frente al mundo», pero ¿había sido eso cierto alguna vez? ¿Cuándo habían sido realmente iguales? ¿Qué diablos les hacía unirse? Ahora pensaba que también sabía por qué. Era su manera de engañar al tiempo, porque estando juntos seguían siendo los mismos críos de antes. Y las cosas que hacían... eran un juego en realidad. Pero un juego muy peligroso.
Uno de los que esperaban turno dejó el periódico en la silla cuando le llamaron. Hostia, y aquel tío había llegado veinte minutos después que él, y ahí estaba el cabrón, yendo directo a una cabina antes que él. Se arrimó al asiento libre y cogió el periódico pero no lo abrió porque volvió a sentir esa espiral de miedo en el estómago por si leía noticias sobre agresiones, violaciones, con la duda de si alguna sería obra de Nic. A saber lo que haría Nic a espaldas de él las noches en que no se veían... Tampoco le interesaban los artículos sobre noviazgos, matrimonios felices, relaciones tormentosas, problemas sexuales y famosas que acaban de tener un niño. Todo rebotaba sobre su propia existencia y le hacía sentirse peor aún.