Chapters (59)
- IMPRIMIR
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- INTRODUCCIÓN
- ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
- IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
- 1.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- IXLOCURA ERÓTICA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
- 2.
- 3.
- FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN
Véase el caso de la mujer de Providencia que durante la última guerra recibió un misterioso y excitante llamado telefónico… Larga distancia deseaba saber si ella aceptaba una comunicación de Miami. “No podemos decirle quién la llama”, informó la operadora. “Es un secreto militar”. La dama no era tonta y tenía un hijo en las fuerzas armadas, de modo que aceptó el llamado y comprobó que su conjetura no andaba descaminada. Efectivamente, era el hijo que estaba en la marina. Las primeras palabras del muchacho fueron: “Hola, mamá, habla George. No puedo decirte dónde estoy… ¡secreto militar!”
Durante la ofensiva aérea contra Londres, los amplios refugios subterráneos del Ministerio de Información (alojados en la Universidad de Londres), sirvieron de oficinas a una muchedumbre de periodistas, la mayoría de ellos británicos, y algunos norteamericanos y continentales. Había una estricta división entre ambos grupos. Mientras se desarrollaban los ataques aéreos, afluía al local la información sobre los lugares alcanzados y el grado de gravedad de los daños. No era posible publicar el nombre de los lugares bombardeados, pero los diarios podían referirse a “una escuela en el norte de Londres”, o a “una iglesia en la City”. Se consideraba que esta información era altamente confidencial, y era leída a los corresponsales británicos agregados al Ministerio en una habitación interior del refugio, donde no se admitía la presencia de corresponsales extranjeros.
Hasta aquí, todo parece normal. Pero a veces el lugar era un poco ruidoso, y el funcionario ministerial debía levantar la voz para hacerse oír. No había puertas que separaran a las distintas habitaciones del refugio. Y no era preciso aguzar el oído para distinguir las voz estentórea que rugía a pocos metros de distancia. A veces, esta lamentable falta de formalismo iba más lejos aún. Por ejemplo, cuando algunos de los periodistas británicos se hallaban en el bar, comiendo o charlando, la secretísima lista de los daños aparecía adherida a una vitrina de noticias, de modo que todo el mundo pudiera verla. Así, los periodistas no británicos no sólo debían ser discretamente sordos, sino también ciegos.
Al principio de la guerra, cuando se arrojaron sobre Alemania las primeras hojas de propaganda, un colega suizo y yo acudimos a un alto funcionario del Ministerio y le pedimos una copia del material lanzado por los británicos. Se negó en redondo. Apelamos a una autoridad superior, y se nos rechazó nuevamente. Exasperados, pedimos una explicación. Entonces se nos dijo solemnemente, y sin el menor rastro de ironía: “Oh, no podemos hacer tal cosa ¡Sería revelar información al enemigo!”