Back Historia de la estupidez humana Save as PDF
Chapters (59)
  1. IMPRIMIR
  2. elaleph.com
  3. INTRODUCCIÓN
  4. ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
  5. IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
  6. 2.
  7. 3.
  8. 4.
  9. 5.
  10. 6.
  11. 7.
  12. 8.
  13. 9.
  14. IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
  15. 1.
  16. 3.
  17. 4.
  18. 5.
  19. 6.
  20. 7.
  21. 8.
  22. 9.
  23. IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
  24. 2.
  25. 3.
  26. 4.
  27. 5.
  28. VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
  29. 2.
  30. 3.
  31. 4.
  32. 5.
  33. 6.
  34. 7.
  35. 8.
  36. VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
  37. 2.
  38. 3.
  39. 4.
  40. 5.
  41. VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
  42. 2.
  43. 3.
  44. 4.
  45. VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
  46. 2.
  47. 3.
  48. 4.
  49. 5.
  50. IXLOCURA ERÓTICA1.
  51. 2.
  52. 3.
  53. 4.
  54. 5.
  55. 6.
  56. XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
  57. 2.
  58. 3.
  59. FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN

Ni la luz deslumbrante del sol naciente, ni el brillo enceguecedor del mediodía, ni el esplendor del atardecer, jamás podrían inspirar o inflamar la imaginación humana en la misma medida que el frío centelleo del oro. Es cierto que fue frecuente la adoración religiosa del sol, pero se trataba de un culto merecido por esta divinidad honesta y fidedigna. Pues hasta ahora nunca ocurrió que el sol se pusiera sin levantarse de nuevo. El mito de Ícaro advertía a los mortales de la conveniencia de no acercarse demasiado al astro, y la suerte de Faetón enseñaba que no debía jugarse con el tiempo, determinado por la marcha del sol.

Pero piénsese en el oro, el más esquivo, el más vengativo, el más seductor de todos los dioses. Cuando no se lo busca, sus pepitas ruedan a los pies del viajero, se acumulan en las orillas de los ríos, y el metal revela sus ricas vetas al golpe casual de pico. Perseguido, centellea un instante, como una mujer juguetona… y luego se oculta para siempre, sin dejar rastros. ¡Cuán a menudo un campo de oro se convierte en zona estéril, desaparece el polvo de oro de los ríos, y en las anchas vetas de las minas el mineral se extingue súbitamente!

Mientras los españoles, obsesionados por la manía del oro, perseguían los tesoros de los caciques, llegaron a California. Allí revisaron cada choza, cada aldea, cada pueblo indígena… pero no hallaron oro. Sin embargo, les hubiera bastado inclinarse, pues las partículas de oro estaban bajo las plantas de sus pies. Soñaban con el fabuloso Eldorado, y no sabían que ya estaban en él. ¡Cómo habrá gozado el espíritu del oro con la broma cruel que jugó a sus adoradores!

Los aventureros europeos en busca de tesoros recorrieron durante trescientos años el suelo de California; pero a nadie se le ocurrió examinar las centelleantes arenas de los arroyos, para comprobar a qué obedecían los reflejos arrancados por la luz del sol. En 1849, mientras se realizaban excavaciones para echar los cimientos de un molino, algo atrajo la atención de James Wilson Marshall, el socio de John A. Sutter; y entonces comenzó la gran fiebre del oro. El oro había esperado tres siglos, el tiempo que la estupidez humana necesitó para ver lo que estuvo siempre a la vista de todos.

El oro es un burlador, un bribón y un charlatán. Siempre logró fantástica publicidad, y lo rodearon mitos y leyendas que hallaron un público dispuesto y tontos a granel. Las antiguas crónicas abundan en relatos sobre los sorprendentes milagros del oro; y algunos de ellos han llegado hasta nuestros días.