Back Historia de la estupidez humana Save as PDF
Chapters (59)
  1. IMPRIMIR
  2. elaleph.com
  3. INTRODUCCIÓN
  4. ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
  5. IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
  6. 2.
  7. 3.
  8. 4.
  9. 5.
  10. 6.
  11. 7.
  12. 8.
  13. 9.
  14. IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
  15. 1.
  16. 3.
  17. 4.
  18. 5.
  19. 6.
  20. 7.
  21. 8.
  22. 9.
  23. IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
  24. 2.
  25. 3.
  26. 4.
  27. 5.
  28. VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
  29. 2.
  30. 3.
  31. 4.
  32. 5.
  33. 6.
  34. 7.
  35. 8.
  36. VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
  37. 2.
  38. 3.
  39. 4.
  40. 5.
  41. VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
  42. 2.
  43. 3.
  44. 4.
  45. VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
  46. 2.
  47. 3.
  48. 4.
  49. 5.
  50. IXLOCURA ERÓTICA1.
  51. 2.
  52. 3.
  53. 4.
  54. 5.
  55. 6.
  56. XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
  57. 2.
  58. 3.
  59. FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN

Hay un grupo de coleccionistas que podrían denominarse maníacos de las reliquias. Hace algunos años uno de ellos robó uno de los tubos del órgano de Haendel. Camilo Schwarz, el famoso artista de music-hall, se especializaba en coleccionar flores que habían crecido sobre la tumba de personajes famosos. Otro aficionado a las reliquias compró al dentista del general Pershing una de las muelas del famoso militar, y pagó por ella una gran suma. El comandante en jefe de la Fuerza Expedicionaria Norteamericana en la Primera Guerra Mundial se encolerizó mucho al enterarse del caso, de modo que algunos de sus oficiales acometieron la tarea de recuperar la muela. A decir verdad, realizaron una magnífica tarea: al cabo de algunas semanas habían conseguido trescientas diecisiete muelas “auténticas” del general Pershing.

Si se coleccionan muelas, ¿por qué no hacer lo mismo con cráneos enteros? Este tipo de colección fue moda en París a mediados del siglo XVIII; las damas de la aristocracia solían tener alguno sobre el tocador. Lo adornaban con cintas, y a menudo fijaban encima una vela de cera cuya luz utilizaban para decir las oraciones nocturnas.

Una afición apenas menos siniestra que la del doctor F. W. Davidson, de Nueva York, en nuestro propio siglo. Coleccionaba (y quizás todavía lo haga) ejecuciones. A principios de la década de 1930 ya había acumulado dos mil fotografías… según decía, por razones puramente científicas. Credat judaeus Apollo, para citar a Horacio.

El inquisitivo médico tuvo un notable antecesor en Lord Selwyn, que siempre andaba rondando por las cercanías de Tyburn, con el fin de contemplar a las víctimas del patíbulo. Y para completar el trío, podríamos citar a Sir Thomas Thyrwitt, que vivió a principios del siglo XIX, y que coleccionaba cuerdas que habían sido utilizadas en ahorcamientos. Su más antiguo “tesoro” databa del siglo XIV: la cuerda con que Sir Thomas Blunt fue ahorcado por alta traición. En su estudio había reunido una variada colección: cuerdas que habían acabado con la vida de víctimas políticas, criminales comunes y suicidas. Quizás su mayor orgullo eran las cuerdas que habían servido para ahorcar perros, de acuerdo con la extraña costumbre medieval a la que ya nos hemos referido. Había lazos toscamente trenzados con ramas de sauce, empleados para ahorcar a los rebeldes irlandeses, y también tenía la cuerda de seda con que Lord Ferrers había sido ejecutado… como correspondía al privilegio de Su Señoría.