Chapters (59)
- IMPRIMIR
- elaleph.com
- INTRODUCCIÓN
- ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
- IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
- 1.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- IXLOCURA ERÓTICA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
- 2.
- 3.
- FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN
Pasemos de los botones a las cajas de fósforos. ¿Recuerda el lector a Silvestre Bonnard, el alter ego de Anatole France, y el príncipe ruso a quien conoció? El príncipe era un gran coleccionista; visitaba Sicilia con el propósito de comprar a los campesinos- a cien liras la pieza- las cajas de fósforos decoradas con los retratos de Garibaldi y de Mazzini, que aquellos habían ocultado. Le interesaban las cubiertas, no las cajas mismas… ¡y había reunido nada menos que 5.714 cubiertas diferentes! Un personaje creado por la ficción, que está muy por debajo de los que ofrece la realidad. En la exposición realizada en Estocolmo el año 1935 se exhibieron 16.000 piezas… y se trataba nada más que de una selección. Una caja de fósforos casi le costó la vida al rey Chulalongkorn, de Siam; caminaba por una calle de Londres, y estuvo a un paso de ser atropellado por un ómnibus cuando cruzó la calzada para recoger una caja de fósforos que buscaba desde hacía mucho tiempo.
Los apasionados coleccionistas de envases de cigarrillos están estrechamente relacionados con los anteriores. Uno de ellos, ¡llegó a reunir sesenta millones de ejemplares!
En todo caso, estas colecciones parecen poseer cierto mínimo sentido. Pero ¿qué decir del parisiense que coleccionaba las gastadas zapatillas de baile de las coristas de la Opera? ¿O de Sir Edward Manvill con sus setenta mil cigarros? ¿O del doctor Jackson, cuya pasión eran los naipes, aunque personalmente jamás jugó? La lista no sería completa sin el nombre del doctor Chardon, de París, que coleccionaba corchos… pero únicamente los corchos de las botellas cuyo contenido había saboreado. Cada corcho tenía su correspondiente rótulo de identificación; y el buen doctor pasó los últimos años de su vida oliéndolos y recordando los tiempos y los placeres idos.
Antonin Louis Clapisson, el compositor francés, coleccionaba los silbatos que el público de París utilizaba para expresar desagrado con los actores o las obras. Otro hombre de teatro se especializaba en coleccionar obras que nunca habían sido publicadas o representadas. Un corrector de pruebas alemán coleccionaba erratas, y consagró treinta años a esa tarea. Cuando descubría un error en el manuscrito de alguna celebridad literaria, lo robaba. Cuando murió, sus herederos comenzaron a arrojar al cajón de desperdicios la enorme pila de papel, hasta que uno de ellos echó una ojeada a uno de los papeles. La colección fue rematada a buen precio. En este caso la monomanía resultó por lo menos provechosa.