Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

Necesitaba orinar y el Royal Oak quedaba a un paso. Era un local cercano a la calle principal que nunca cerraba, y donde se podía ir a los servicios sin pasar por el bar. Al entrar había que cruzar un zaguán para llegar a la puerta del bar, pero allí mismo había una escalera que bajaba a los servicios. A los servicios y a otro bar más tranquilo. El bar de encima del Oak era famoso, estaba abierto hasta muy tarde y siempre había música en directo. Los clientes entonaban canciones tradicionales y a continuación actuaba algún guitarrista español de flamenco y tras él un individuo con cara de asiático y acento escocés que cantaba blues.

Sorpresas de la vida.

Antes de bajar por la escalera miró por la ventana. Era un pub pequeño y aquella noche estaba a rebosar: caras relucientes de gente mayor y bebedores empedernidos, más los curiosos y los incondicionales. Alguien entonaba una canción; una voz sola. Vio violines y un acordeonista inactivos y el público atento al cantante de buena voz de barítono, que estaba en un rincón hacia el que convergían todas las miradas, pero Rebus no lo veía. La letra de la canción era de Burns:

Lo que no pudieron someter la fuerza ni la astucia,

en muchos siglos de guerra,

lo doblegan ahora unos cobardes,

por mísero dinero mercenario...

Iba ya a bajar por la escalera pero se detuvo porque acababa de ver una cara conocida. Retrocedió y acercó más la cara al cristal. Sí, sentado al lado del piano estaba el compadre de Cafferty, el que había estado en la cárcel con él. ¿Cuál era el nombre? Ah, sí, Rab. Un rostro sudoroso, amargado, con el pelo liso y unos ojos apagados. En la mano sostenía una bebida que Rebus pensó sería vodka con naranja.

En aquel momento el cantante dio un paso adelante y pudo verle bien.

Era Cafferty.

Pudimos a la espada inglesa,

enardecidos en nuestro firme coraje,

pero el oro inglés fue un veneno,

como un hatajo de granujas de la nación...

Al terminar la estrofa Cafferty miró hacia los cristales y cuando vio que Rebus entraba para acercarse a la barra sonrió forzadamente. Rab le miró, quizá tratando de recordar quién era. Se acercó una camarera a atender a Rebus y él pidió media jarra y un whisky. En la barra no hablaba nadie; reinaba un respetuoso silencio. Una lágrima asomaba en los ojos de una patriota sentada en un taburete, con un vaso de coñac con Coca–cola en mano. Su desarrapado acompañante le acariciaba los hombros.

Al concluir la canción sonó un aplauso y algunos silbidos y vítores. Cafferty hizo una reverencia, alzó su vaso de whisky y brindó al público. El cese de los aplausos fue la pauta para que el acordeonista iniciara su actuación. Cafferty respondió a algunos cumplidos en su camino hacia el piano, donde se inclinó a decir algo a Rab al oído. Tras lo cual, como esperaba Rebus, se acercó a la barra.