Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—Vaya noche —comentó el oficial de guardia.

Reinaba la camaradería en el turno de noche. Un agente compartió su bocadillo con Rebus.

—Siempre pongo más de lo que como —comentó.

Era pan integral con salami y lechuga. El hombre tenía otro cartón de zumo, si a Rebus le apetecía, pero rehusó.

—No, gracias —dijo.

Volvió a la mesa y fue anotando lo que había marcado en ciertos documentos doblándoles la esquina o pegándoles notitas con papel adhesivo. Miró el reloj de la oficina y vio que era casi medianoche. Se metió la mano en el bolsillo para ver los cigarrillos que le quedaban: uno. Eso fue decisivo. Guardó los archivadores en un cajón, se puso el abrigo y salió de la comisaría. Fue hacia Nicholson Street, donde había tres o cuatro tiendas abiertas toda la noche. Cigarrillos y algún tentempié: era su lista de la compra, tal vez algo para el desayuno. Había animación en la calle; un grupo de jovenzuelos llamaba a gritos a un taxi inexistente, se veía gente que volvía a casa cargada con bolsas de compra y rostro sudoroso. Era inevitable pisar envoltorios grasientas, trocitos de tomate y cebolla, patatas fritas espachurradas. Pasó una ambulancia a toda velocidad con la luz azul parpadeando pero sin la sirena, fantasmagóricamente muda en medio de la cacofonía callejera. El alcohol hacía subir los decibelios en las conversaciones y se veían también grupos de personas mayores que regresaban del Festival de Teatro o del Queen's Hall.

En puertas y esquinas había corrillos de jóvenes que hablaban en voz baja con miradas furtivas. Rebus veía delitos inexistentes, o quizá era por ir siempre alerta ante la posibilidad de algún delito. ¿Siempre habían sido los juerguistas de medianoche tan estridentes y escandalosos? Pensaba que no. Edimburgo cambiaba a peor y eso se notaba por muchos edificios de cemento y cristal que construyesen. La ciudad antigua moría, herida por aquellos bramidos, el nuevo paradigma de... no exactamente falta de respeto a la ley, pero sí de falta de respeto en cualquier caso: al entorno, a los vecinos, a uno mismo.

El miedo era más que evidente en los tensos rostros de los más viejos, que aferraban el rollo de papel del programa teatral, pero era un miedo mezclado con tristeza e impotencia. Impotentes para cambiar aquel estado de cosas, sólo esperaban sobrevivir. Al llegar a casa se derrumbarían en el sofá, echarían el cerrojo a la puerta, correrían las cortinas con las contraventanas bien cerradas y se prepararían un té para mojar unas galletas contemplando el papel pintado de las paredes pensando en el pasado.

Delante de la tienda había un grupo heterogéneo de jóvenes y una música estridente salía de unos coches aparcados junto a la acera. Al lado, dos perros intentaban copular animados por sus respectivos dueños para escándalo de las chicas que chillaban y apartaban la vista. Rebus entró en el comercio y la intensa luz le hizo cerrar los ojos un instante. Pidió un paquete de salchichas y cuatro panecillos, fue al mostrador a comprar tabaco y lo guardó todo en una bolsa blanca de plástico para llevárselo a casa. Tenía que haber girado a la derecha, pero giró a la izquierda.