Chapters (59)
- IMPRIMIR
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- INTRODUCCIÓN
- ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
- IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
- 1.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- IXLOCURA ERÓTICA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
- 2.
- 3.
- FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN
El Deuxieme Bureau decidió realizar una nueva tentativa. Esta vez la víctima elegida fue el regimiento 105. El 6 de diciembre el coronel del regimiento 105 replicaba que había realizado el censo el día 30 de octubre; y para mayor seguridad, repetía las cifras. Belfort hizo otra tentativa el regimiento 209 y recibió otra indignada respuesta. De modo que devolvió el documento (cubierto ahora de sellos negros y firmas ilegibles) al Estado Mayor general del Séptimo Ejército. El 8 de diciembre el Estado Mayor informó respetuosamente que todos los regimientos territoriales habían obedecido la orden del Ministerio. Sin embargo, parece que el comandante en jefe logró interceptar la comunicación, y montó en cólera. El 11 de diciembre devolvió el documento al comando general del grupo Belfort, con esta observación: “Ustedes no han contestado la pregunta. ¿Se prohibió o no se prohibió a los soldados participar en el censo general de obreros?”
Es probable que el general que comandaba el grupo de Belfort se haya encogido de hombros, haya lanzado un juramento gálico, y luego comenzara todo de nuevo. Envió la carpeta que ahora era bastante más abultada al comandante general de la 105 División, y exigió “acción inmediata”. Al día siguiente, el general de la 105 división remitió la documentación al coronel de la brigada 209. El coronel no tenía a quién regalársela, y replicó que él jamás había prohibido a sus hombres nada que no fuera desertar; y ciertamente, no les había impedido registrarse como obreros metalúrgicos. De todos modos, necesitaba cascos de acero; ¿podía hacer algo el general?
El Estado Mayor de la 105 división se negó a intervenir en tan frívolo asunto. Una vez recibido el informe del coronel, envió la carpeta al general a cargo de la brigada 214, quien, a su vez, lo pasó al teniente coronel al mando de la brigada territorial 346. Este teniente coronel fue más lejos aún que sus colegas. Replicó que no había prohibido a ninguno de sus soldados ni tampoco a los oficiales inscribirse en las listas de obreros metalúrgicos.
La carpeta regresó a las oficinas del general en jefe del Séptimo Ejército. El calendario señalaba ya el 27 de diciembre, y el general replicó al comandante en jefe que ningún regimiento territorial había dejado de cumplir con su deber y, por favor, ¿no se podía dar por terminado el asunto?
Dos días después, el comandante en jefe devolvió toda la correspondencia al subsecretario de Guerra. El 3 de enero, el documento (cubierto de firmas y sellos) llegó al punto de partida. Mejor dicho, debió llegar. Pero un funcionario de escaso espíritu patriótico lo robó y lo entregó al senador Humbert. Y fue discutido en el Senado francés y en la prensa. Y quince años después, el senador me lo regaló.