Chapters (59)
- IMPRIMIR
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- INTRODUCCIÓN
- ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
- IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
- 1.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- IXLOCURA ERÓTICA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
- 2.
- 3.
- FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN
Los genealogistas del bonapartismo comenzaron con la leyenda del Hombre de la Máscara de Hierro.
En aquellos tiempos aún se creía que el misterioso prisionero de la Bastilla, que sólo podía aparecer con el rostro cubierto por una máscara de hierro, no era otro que el que había sido el hermano mellizo de Luis XIV. Afirmábase que había sido sepultado en la Bastilla porque, habiendo nacido pocos minutos antes que el Rey Sol, tenía mayores derechos al trono. El barón Gleichen fue aún más lejos. Sostuvo que el Hombre de la Máscara de Hierro era el verdadero rey, y que Luis era hijo del culpable amor de la reina con Mazarino. Después de la muerte de Luis XIII, decía Gleichen, la pareja culpable cambió los niños, y el hijo bastardo de Ana de Austria ascendió al trono, mientras que el auténtico Delfín se veía obligado a llevar la máscara de hierro por el resto de su vida, para que nadie pudiera ver su rostro, en el que se reconocerían los rasgos propios de los Borbones.
Hoy puede afirmarse que el misterioso prisionero era el conde italiano Matthioli, embajador del duque de Mantua. El noble conde se había hecho culpable de espionaje, y Luis XIV se enfureció de tal modo que, con desprecio del derecho internacional, ordenó el arresto del Matthioli; fue encarcelado primero en la Fortaleza de Pignerol, luego en la isla Santa Margarita y finalmente en la Bastilla (donde murió en 1703). La “máscara de hierro” era en realidad de seda, y constituía una especial concesión que se hacía al detenido; se le permitía pasear por el patio interior de la prisión, pero sólo cuando llevaba la máscara. Las delicadas complicaciones internacionales justificaban esta pequeña precaución.
Los genealogistas inventaron una bella fábula para establecer cierta relación entre Napoleón y el Hombre de la Máscara de Hierro. De acuerdo con esta versión, la hija del gobernador de la Isla de Santa Margarita se apiadó del pobre prisionero; se enamoraron, y la joven concibió un hijo. Naturalmente, era preciso sacar de la cárcel al niño,. Una persona de confianza lo llevó a Córcega, donde llegó a la edad adulta. Usaba el nombre de la madre y aquí aparecía el vínculo que era Bonpart. El resto no exigió mucha imaginación. Bonpart se convirtió en Bonaparte, o en su forma italiana, Buonaparte. Los Bonaparte eran descendientes de este hijo del amor, y Napoleón era bisnieto del Hombre de la Máscara de Hierro, el cual, a su vez, era el legítimo heredero del trono francés. De modo que el Corso no era un simple usurpador, y por el contrario tenía todo el derecho del mundo al título y a la gloria imperiales.
No fueron pocos los que aceptaron este fárrago de tonterías. Funck Brentano publicó el texto de un mural en el que se advertía a los rebeldes de la Vendée que no debían creer en los “ponzoñosos rumores” según los cuales Napoleón era descendiente de los Borbones y tenía derecho a gobernar a Francia.
¿Y qué opinaba el propio Napoleón?
“¡Tonterías” declaró. “¡La historia de la familia Bonaparte empezó el 18 Brumario!”
Uno de los más serviles y desvergonzados fabricantes de árboles genealógicos fue Antoine du Pinet (1515-1584), traductor de Plinio y autor de muchos libros eruditos.
Se le encomendó la tarea de establecer los antecedentes de la ilustre familia Agoult. Eligió como punto de partida la figura de un lobo que aparecía dibujado en el escudo de armas de la familia. Sobre tan frágiles cimientos levantó un inexistente Imperio Pomeranio, creó una legendaria princesa Valdugue, y un joven llamado Hugo, que también era totalmente inventado. Un asunto amoroso, un hijo… y el resto es fácil de imaginar. El niño fue enviado secretamente a casa de una niñera, pero en el bosque un lobo se apoderó del infante, lo llevó a su cubil, y allí lo crió, junto a sus propios cachorros. Luego, el rey fue a cazar y mató a la loba. Se descubrió todo, y el joven recibió la bendición paterna; hay luego un matrimonio, un tanto tardío. El muchacho creció, contrajo matrimonio con la hija del emperador de Bizancio; el hijo de este joven casó con una princesa de la familia real rusa… y así por el estilo, por los siglos de los siglos, hasta llegar a Dietrich, el sajón.
La familia Agoult aceptó esta insensatez sin formular la menor objeción. En cambio, Pierre Bayle atacó rudamente a Pinet, y lo declaró indigno del título de historiador.
Pero, ¿qué habría dicho Bayle si hubiera leído el sabroso relato de Saxo Grammaticus, el historiador del siglo XII, sobre la joven noble que, mientras se paseaba por el bosque, fue secuestrada por un oso? El enamorado animal la llevó a su cueva y allí la tuvo durante varios meses. Le daba alimento y bebida y… bueno, fácil es conjeturar el resto. Unos cazadores mataron a la bestia, y devolvieron a su hogar a la muchacha. Pocos meses después dio a luz un niño perfecto… sólo que un poco más peludo que lo normal. El niño fue bautizado con el nombre de Bjorn (Oso). Se convirtió en un hombre fuerte y poderoso, y fue un jefe justo y recto. Pues cuando halló a los cazadores, los ejecutó, diciendo: que les debía gratitud por haber salvado a su madre; ¡pero que el honor lo obligaba a vengar la muerte de su padre! Los descendientes de Bjorn fueron los reyes de Dinamarca.
Sin duda el relato de la muchacha que concibió un hijo después de vagabundear por el bosque es absolutamente verídico. No es improbable que, cuando su airado padre la interrogó, haya replicado con una sonrisita tonta: “Fue Bjorn…”
El más absurdo árbol genealógico fue indudablemente el que preparó Etienne de Lusignan (1537-1590). Este erudito historiador era pariente lejano de la gran familia Lusignan, que había gobernado a Chipre durante más de tres siglos. Su escudo de armas mostraba una sirena, que sostenía un espejo en la mano izquierda, mientras se peinaba los cabellos con la derecha.
Era Melusina (o Melisenda), el hada más famosa de los romances franceses, la heroína de los romances escritos en el siglo XV por Jean d’Arras, y también de innumerables libros y relatos. Fue una muchacha de áspero carácter, que encerró al padre en una alta montaña porque trató mal a la madre de Melusina. Por este acto irrespetuoso fue condenada a convertirse todos los sábados en serpiente de la cintura para abajo. Se enamoró de Raymond, conde de Lusignan, y casó con él, pero hizo jurar a su esposo que jamás la visitaría en sábado, ni tratarla de saber lo que hacía ese día. Durante cierto tiempo Raymond cumplió su promesa y ambos vivieron felices. Tuvieron varios hijos. Pero un día el conde no pudo dominar su curiosidad; se ocultó en la habitación a la que Melusina solía retirarse, y fue testigo de la transformación de su esposa. Melusina se vio obligada a abandonar a su esposo, y “a vagar por doquier como un espectro”… aunque otras versiones afirman que el conde la encerró en la mazmorra del castillo.
Este cuento de hadas sin duda sedujo a la aristocracia francesa. Por lo menos cuatro casas (Lusignan, Rohan, Luxemburgo y Sassenaye) incluyeron a Melusina entre sus antepasados.
En realidad, esta invención genealógica carecía de todo fundamento. Los Lusignan vivían en un antiguo castillo que, según se afirmaba, estaba encantado por la infeliz Melusina. En Francia, un súbito grito se llama aún hoy un cri de Mélusine, aludiendo a la exclamación desesperada de Melusina cuando fue descubierta por el esposo. En Poitou todavía se preparan tortas de jengibre, que llevan impresas la imagen de una bella mujer, bien coiffée, con una cola de serpiente. Se hornean para la feria de Mayo, alrededor de Lusignan, y todavía reciben el nombre de Mélusines.
Afírmase que Melusina aparece cuando un miembro de la familia Lusignan está próximo a morir; y entonces vuelve alrededor del castillo, lanzando quejosos gritos. De acuerdo con ciertos historiadores, el origen de la leyenda es el nombre de Lucina, la diosa romana de las parturientas, a quien las madres, en el momento de dar a luz, llamaban en ayuda con sus gritos de dolor. Mater Lucina se convirtió en Mére Lucine, y finalmente en Mélusine. Sea cual fuere la verdad de esta teoría, los Lusignan poseen un escudo de armas extraordinariamente atractivo: una bañera de plata, con duelas celestas y brillante entre ellas el cuerpo desnudo de la hermosa sirena…
No todos los escudos de armas eran tan pintorescos. Carlos XI de Francia dio patente de nobleza al esposo de su niñera. El escudo de armas elegido fue al mismo tiempo eficaz y simbólico: una vaca de plata con una corona entre los cuernos, sobre un campo rojo.
En 1430 el rey Segismundo ennobleció a Miguel Dabi, barbero de la corte. El escudo de armas fue diseñado por el propio beneficiario. Tenía tres molares, mientras una mano que se elevaba sostenía orgullosamente un cuarto.
Más sorprendente aún fue el escudo de armas de Steven Varallyay, burgués de Hust, en Alta Hungría, elevado a la nobleza en 1599. Fue recompensado por el príncipe húngaro Andrés Bathory… y la recompensa quiso premiar la extraordinaria habilidad con que maese Varallyay ejecutaba ciertas operaciones destinadas a mitigar el ardor de los padrillos de la caballeriza del príncipe. En campo de azur el brazo derecho de un hombre levantaba un mazo de madera; debajo se veía la vívida e inequívoca representación de la parte de la anatomía del padrillo que sufría la operación.