Back Historia de la estupidez humana Save as PDF
Chapters (59)
  1. IMPRIMIR
  2. elaleph.com
  3. INTRODUCCIÓN
  4. ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
  5. IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
  6. 2.
  7. 3.
  8. 4.
  9. 5.
  10. 6.
  11. 7.
  12. 8.
  13. 9.
  14. IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
  15. 1.
  16. 3.
  17. 4.
  18. 5.
  19. 6.
  20. 7.
  21. 8.
  22. 9.
  23. IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
  24. 2.
  25. 3.
  26. 4.
  27. 5.
  28. VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
  29. 2.
  30. 3.
  31. 4.
  32. 5.
  33. 6.
  34. 7.
  35. 8.
  36. VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
  37. 2.
  38. 3.
  39. 4.
  40. 5.
  41. VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
  42. 2.
  43. 3.
  44. 4.
  45. VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
  46. 2.
  47. 3.
  48. 4.
  49. 5.
  50. IXLOCURA ERÓTICA1.
  51. 2.
  52. 3.
  53. 4.
  54. 5.
  55. 6.
  56. XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
  57. 2.
  58. 3.
  59. FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN

Quizás corresponda citar el texto original de las últimas dos líneas.
Jupiter et Henri le monde partiront
L’un Empereur du Ciel, et l’autre de la Terre.
Infortunadamente, este bello sueño de paz jamás cobró realidad.
El incienso más espeso y nauseabundo fue el que se quemó en honor de Luis XIV. El turista que recorre los salones y las cámaras de Versalles se detiene, desconcertado y sorprendido, ante los brillantes murales de la Galerie des Glaces; en ellos Luis aparece en el papel de victorioso señor de la guerra, héroe de cien batallas, y conquistador de pueblos. Las desvergonzadas falsificaciones y deformaciones de los serviles pintores cubrieron hectáreas de tela, hasta que al fin el propio Luis acabó por creer que él, y no sus generales, era quien había ganado las batallas. Bien es cierto que nadie pintó las batallas que Luis perdió.
Le Brun, que trabajó durante dieciocho años en la decoración del palacio de Versalles, quizás se excusaba íntimamente con el argumento de que los cuadros habían sido ordenados, y los temas decididos de antemano, de modo que se limitaba a hacer todo lo posible con los materiales dados. Pero nadie obligó a la Academia Francesa, al grupo de los inmortales, a ofrecer un premio por un ensayo que respondiera a la siguiente pregunta: “¿Cuál de las virtudes del Rey merece el primer lugar?” Aunque evidentemente era de gran interés público dilucidar con claridad tan esencial problema, los académicos cambiaron de idea y el concurso fue olvidado deliberadamente.
Durante el mismo reinado otro incidente echó a perder el historial de la Academia.
El l de octubre de 1684 murió el gran Corneille, y quedó vacante su puesto en la Academia. El duque de Maine, de catorce años de edad, era ya, como sabemos, gobernador de Languedoc; pero en la ocasión concibió más elevadas ambiciones. Comunicó a Racine, director de la Academia, su deseo de suceder a Corneille. Racine convocó una reunión de los Inmortales, y les presentó el pedido. La ilustre reunión encargó a su director que transmitiera este humilde mensaje: “Aunque no hubiera vacante, no hay miembro de la Academia que no esté dispuesto a morir con una sonrisa en los labios para dejar su lugar al Duque.”
Esta vez correspondió al propio Rey Sol (como que no estaba en juego su persona) impedir la elección del bastardo real.
No es que Luis XIV fuera siempre tan escrupuloso. En cierta ocasión se celebró en Versalles un baile de máscaras. Uno de los cortesanos se disfrazó de abogado, con túnica y peluca. Sobre el pecho llevaba una placa con cuatro versos. De acuerdo con la copla, el supuesto abogado consideraba que Luis era el más grande de todos los mortales, y por eso estaba seguro de ganar el juicio:
De tant d’Avocats que nous sommes,
Je ne scaurais plaider qu avec un bon succes,
Je soutiens que Louis est le plus grand des hommes,
Et je suis asseuré de gagner mon proces.
El fiel cortesano presentó su poema al rey, que tuvo la amabilidad de aceptarlo y de recompensar la “ingeniosa idea” con su real aprobación.
La “literatura de los lacayos” floreció lujuriosa durante el reinado del Rey Sol. Con este material se podrían llenar varios volúmenes, los que servirían como elemento de prueba en el proceso a la estupidez humana. Los impresores solían estar a la altura de los autores. Cierto Colombar publicó un ensayo sobre las hazañas del rey en la caza y en el tiro. Después de esforzados e ingeniosos cálculos, llegó a la conclusión de que hasta ese preciso momento Su Majestad había derribado 104 ciervos, 27 corzos y 57 liebres, además de 50 jabalíes y 4 lobos. Cálculos detallados demostraron que el monarca había recorrido exactamente 3.255 millas mientras practicaba el noble deporte.
La manifestación menos ingeniosa de servilismo era la imitación: pensar como el príncipe; proceder como él se dignaba hacerlo; o aun copiar cierto minúsculo detalle exterior, algún insignificante amaneramiento que identificara al imitador con su ídolo real.
Cuando al fin María Antonieta quedó embarazada, las damas de la corte adoptaron la moda de la maternidad con la velocidad de un incendio en matorral reseco. Se idearon polleras forradas con almohadillas diestramente dispuestas… y todas parecían embarazadas. Pero no era suficiente: el éxito exigía mayor astucia y aplicación. De tiempo en tiempo cambiaban la ubicación y el tamaño de las almohadillas, para armonizar con el bendito estado de Su Majestad. Las “polleras estacionales” dieron abundante trabajo a los modistas. Se las denominaba quart de terme, demi-terme, etc. de acuerdo con la proporción de los inevitables nueve meses que ellas representaban.
Cuando el pequeño delfín llegó al mundo (un mundo que sería su refugio, pero no por mucho tiempo) se le convirtió inmediatamente en caballero de la Orden de San Luis, y en propietario de varios regimientos. Su primer acto público, ante los dignatarios de la corte, fue obedecer a las exigencias de la naturaleza, gesto habitual en la mayoría de los niños de pecho. Este augusto proceso biológico fue aplaudido con delicia por los espectadores. Pocos días después, los tejedores de París, los tintoreros y los diseñadores estaban muy atareados produciendo el color de última moda, denominado Caca Dauphin. Se trata de un hecho histórico y no de una invención republicana.
En la corte de Versalles se produjo un hecho más excitante aún, de trascendentes y graves consecuencias. En las crónicas de la corte fue el episodio conocido como la “Fístula de Luis XIV”. Es una historia muy larga, pero será mejor que la relatemos brevemente, despojada de sus innumerables detalles.
El Rey Sol tenía una fístula, es decir, una úlcera profunda. Se hallaba en un sitio un tanto embarazoso. Después de muchos fútiles intentos de curarla, resolvió permitir una intervención quirúrgica. El trascendental acontecimiento tuvo lugar el 18 de noviembre de 1686, en presencia de Madame de Maintenon y de Louvois. La operación fue un éxito… tanto para el paciente como para los médicos. El primer cirujano recibió un título de nobleza y trescientas mil libras, los tres ayudantes cuarenta, ochenta y cien mil libras, respectivamente; y los cuatro farmacéuticos doce mil libras cada uno.
Es fácil imaginar la tensión y la expectativa que se apoderaron de Versalles antes de la operación, en su transcurso y después. Durante meses fue el único tema de conversación. Quienes padecían la misma dolencia se consideraban muy afortunados. Los cirujanos practicaban en estos felices pacientes la opération du Roi, y el propio monarca recibía informes sobre la evolución del enfermo. Se trataba de una extraordinaria distinción, que elevaba al feliz mortal sobre los sombríos abismos de la envidia general. Naturalmente, esta situación tuvo extrañas consecuencias. Muchos que no tenían ninguna fístula acudían secretamente a los cirujanos y les ofrecían grandes sumas para que practicaran la operación real. Dionis, uno de los más conocidos cirujanos de París, tuvo a su puerta por lo menos a treinta y cinco nobles, todos los cuales rogaban que se los operara… por supuesto, sin el menor motivo. El médico se negó firmemente, ante lo cual sus presuntos pacientes se enfurecieron y reclamaron ser “atendidos”, arguyendo que la operación podía ser dañina para ellos, no para los médicos, y que por lo tanto la negativa de los galenos carecía de razón.
En su juventud, Luis XIV se complacía en aparecer sobre el escenario, en ballets y espectaculares producciones musicales. Naturalmente, se le proclamó el más grande actor de todos los tiempos. Otro soberano, Federico Guillermo I de Prusia, favoreció el arte pictórico. Sus cuadros inundaron los museos alemanes. Era un artista por demás diligente, aunque el tiempo que podía consagrar al trabajo creador era muy limitado. Pintaba todos los días, de dos a tres de la tarde. A las tres de la tarde interrumpía la labor, ante la llegada de su ayudante de campo, que acudía en busca del santo y seña. Los productos del pincel real eran regalados a los generales y a los ministros favoritos; sin duda ese favor les agradaba más que un ascenso o que una recompensa en metálico. Su gracia real era inagotable; y aún se extendía a las damas de Berlín, a las que jovialmente pellizcaba en cierta parte de su anatomía cuando por la mañana las encontraba en la calle… hora en que, de acuerdo con sus ideas muy estrictas, debían hallarse ocupadas en la cocina. (Kinder, Kirche, Küche,- niños, iglesia, cocina- fue una trinidad instituida por Federico Guillermo; una trinidad que ha sobrevivido en la era nazi.)
Para algunos de sus ministros era cosa natural recibir las instrucciones reales en forma pictórica. Los abogados de Berlín habían descubierto un ardid muy eficaz para llegar al rey. Federico Guillermo tenía pasión por los hombres de elevada estatura; había reclutado personalmente a los famosos granaderos, todos los cuales debían tener más de seis pies de altura. Los abogados berlineses sobornaban a uno u otro de los amados guardias, para que presentara peticiones al rey en el sentido deseado por el letrado, como si el guardia estuviese interesado personalmente en el caso. Si el rey estaba de buen humor, cualquiera de los langer Kerl (tipos altos) podía obtener casi todo lo que pidiese. Pero se descubrió el ardid y Federico Guillermo se encolerizó, ordenó a Cocceji, su ministro de Estado, que redactara un decreto que prohibiese esas estratagemas y castigase al abogado que las utilizara. El ministro redactó un borrador de decreto, pero debía consultar al monarca sobre la pena. El rey estaba pintando, y de excelente humor, pero no se sentía inclinado a interrumpir el impulso creador. De modo que sobre el borde de la tela dibujó un patíbulo, un patíbulo del cual colgaba un abogado; y a un lado, como para subrayar la desgracia del hombre de leyes, se balanceaba un perro. El ministró tomó debida nota de la decisión de Su Majestad, y completó el decreto: “Todos los abogados que en el futuro utilicen la intervención de los granaderos reales serán colgados en compañía de un perro.” Ya estaba impreso el decreto cuando se descubrió el exceso de celo y de servilismo del ministro. Se retiró el decreto, y se destruyó también el pictograma real.
Pero el rey continuó pintando, hasta que, casi paralizado por la artritis, apenas pudo sostener el pincel. Aun entonces persistió, y firmaba sus telas: Fridericus Wilhelmus in tormentis pinxit. Y los cuadros que no se regalaban, eran vendidos a precios reales… a quienes buscaban el favor real.